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2 jun 2018

EL CURIOSO CASO DEL HONGO MALTÉS

Hace años, alguien vino a verme a la universidad con un ejemplar que había recolectado. Concretamente, de la especie que aparece en esta fotografía, y me preguntó qué clase de hongo era:

Cynomorium

Jopo de lobo (Cynomorium coccineum)

No todo aquello que parece un hongo lo es en realidad. En este caso se trata de Cynomorium coccineum, y es una dicotiledónea, no un hongo. Una planta con flores, aunque no lo parezca. Recibe los nombres comunes de jopo de lobo o cipote; no es de extrañar, dado su aspecto. Puede encontrarse desde las islas Canarias hasta Asia, pasando por toda la cuenca Mediterránea.

El jopo de lobo es una planta holoparásita, sin clorofila. Extrae su alimento de las raíces de plantas de suelos salinos, como un auténtico vampiro vegetal. Por eso no necesita hojas ni un cuerpo complejo. ¿Para qué molestarse en fabricar nutrientes, si se los puede robar al vecino? Pasa la mayor parte de su vida en forma de rizoma, es decir, un tallo subterráneo.

Cynomorium

La mayor parte del tallo del jopo de lobo es un rizoma enterrado.

Si el tallo es sencillo, no ocurre lo mismo con sus flores. Los parásitos son muy eficaces a la hora de reproducirse y dispersarse. A finales de invierno o inicios de primavera estos jopos e asoman a la superficie y el tallo se cubre de infinidad de flores diminutas, que darán frutos (aquenios) también minúsculos.

Cynomorium

Detalle de las diminutas flores del jopo de lobo.

En cualquier caso, el jopo de lobo no parece una planta. Por eso, desde la antigüedad también fue conocido como fungus melitensis: el hongo de Malta. Lo de hongo se entiende, pero ¿por qué de Malta? ¿Qué tiene de especial esta pequeña isla mediterránea?
Si pensamos en la Edad Media y las órdenes militares, la primera que nos viene a la mente es la de los Templarios. No obstante había otras, entre las que destaca la de los Hospitalarios. Cuando las Cruzadas empezaron a pintar mal para los cristianos, tuvieron que retirarse de Tierra Santa a Chipre, y más tarde a la isla de Rodas. Cuando esta fue tomada por los turcos en 1522, los Caballeros Hospitalarios debieron abandonarla, y Carlos I de España les cedió la isla de Malta para que se instalaran allí en 1530.
Los Caballeros de Malta, como acabaron denominándose, tenían en muy alta estima al jopo de lobo, al cual tomaron por un hongo (de ahí lo de fungus melitensis). Apreciaban sobremanera sus virtudes medicinales, y lo ofrecían a los monarcas europeos. Lo recolectaban de un islote, la Roca del General. Para evitar a los furtivos llegaron incluso a pulir la base de roca, haciendo que trepar por ella fuera muy difícil. Y si te pillaban robando hongos malteses, te arriesgabas a pasar tres años remando en las galeras de la Orden…
¿Qué curaba esta planta para que fuera tan valiosa?
Esto nos lleva a un concepto muy interesante: el de la teoría o doctrina de las signaturas, una creencia muy extendida en distintas culturas. Según ella, alguien creó la Naturaleza para nuestro exclusivo uso y disfrute, para lo cual nos dejó pistas con el fin de que supiéramos para qué sirve cada cosa.
Así, la medicina tradicional y popular buscaba dichas pistas en animales, plantas y hongos, para determinar si eran útiles para curar nuestros achaques. Por ejemplo, las nueces tenían que ser buenas para la memoria, porque su aspecto recuerda al cerebro humano. Las hepáticas, de forma vagamente similar a la de un hígado, se usaban para
tratar las dolencias de este órgano, etc.
Y sí, ya lo habrán adivinado. Con la forma que tiene, el jopo de lobo se usaba como afrodisíaco. Estaba claro que algo tan largo y tieso debía servir para curar la disfunción eréctil. O como asegura el dicho popular, de lo que se come se cría. Asimismo, su color rojizo sugería que también podía ser útil para tratar heridas, hemorragias…
La curiosa historia del hongo maltés nos lleva a interesantes reflexiones. Por un lado, y esto va dirigido a quienes tienen una fe ciega en la medicina tradicional, esta no es infalible. En muchos casos se basa en la doctrina de las signaturas, que carece de base científica. Los seres vivos actuales son herederos de miles de millones de años de
evolución; o sea, de mutaciones aleatorias y selección natural. No han sido puestos ahí para que los usemos a nuestro antojo. Si la doctrina de las signaturas acierta, será por pura casualidad. Y casi nunca acierta.
Peor aún. La doctrina de las signaturas ha significado la ruina de ciertas especies, que han tenido la desgracia de parecerse a algo que nos interesaba. Lo del hongo maltés como remedio de la impotencia masculina puede parecernos gracioso, pero hay otros casos no tan divertidos. Los cuernos de los rinocerontes, por ejemplo. Estos animales son cazados sin piedad para arrancarles sus cuernos porque la medicina tradicional oriental cree que, con esa forma alargada, aumentarán el vigor sexual. Lo cual es una estupidez. Un cuerno está compuesto de queratina, lo mismo que el pelo y las uñas. La forma no tiene nada que ver con sus supuestas virtudes curativas.
El saber tradicional también puede ser muy destructivo. Es necesario analizarlo con espíritu crítico. Y una formación científica ayuda mucho al respecto.

AUTOR: Dr EDUARDO GALLEGO ARJONA. Profesor en UAL

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