ENTRADAS

19 ene 2016

Escepticismo y apatía ante la vida y la muerte: El extranjero, de Albert Camus

/
Publicado por
/
Comentarios0
/
El extranjero, de Albert Camus

Es este uno de esos libros, una de esas obras de arte, que, como diría Kafka es un golpe en el cráneo, “el hacha que rompe el mar helado dentro de nosotros”. El extranjero es uno de esos libros que muerden y pinchan. De breve extensión, amenidad y claridad, El extranjero es un librito que nos conduce por la existencia inconsciente, absurda y rutinaria de Meursault, el protagonista de la novela.

Albert Camus autor del El Extranjero

Albert Camus autor del El Extranjero

Publicado en 1942, es la primera novela de Albert Camus, uno de los grandes pensadores del siglo XX, vinculado al existencialismo y a la filosofía del absurdo y merecedor del Premio Nobel de Literatura en 1957. Entre otras obras imprescindibles de Camus podemos hallar La peste, El mito de Sísifo, El hombre rebelde, La muerte feliz o La caída.

El título es harto significativo del tema abordado por Camus: la sensación de extrañeza, de ser un foráneo en el mundo: obliga a cuestionarse sobre nuestro determinismo. No elegimos estar aquí, no se nos consulta o se nos pregunta cuál es nuestra voluntad.  Somos todos extranjeros según la filosofía de nuestro autor porque siempre perdurarán cuestiones sobre nosotros mismos, sobre la vida y la muerte que no somos capaces de responder y estamos obligados a vivir con ese desconocimiento, que para algunos se puede convertir en tormento, en una verdadera tortura, que a algunos les lleva al sinsentido y angustia vital y a otros a soluciones más radicales como el suicidio.

El extranjero. FdeT

El extranjero, Albert Camus

Camus también aborda el tema del suicidio, que para él es dar por perdida la batalla contra el absurdo del mundo. Es nuestro propio extrañamiento lo que nos convierte en extranjeros. Pero Mersault no es el incomprendido romántico que se siente marginado por la sociedad. Aunque rechaza ese hormigueo social, el mundo con su constante progreso, y prefiere la tranquilidad de su departamento o de la playa, no es el personaje hastiado de la segunda mitad del XIX que huye y se queja de la corrupción moral que le rodea.

Se puede considerar que comparte con el romántico la apatía, el tedio vital, el spleen de Leopardi. El sinsentido de la vida de Mersault es una constante en la novela, pero más que desesperación vital, desengaño y abulia es indiferencia hacia todo: hacia la muerte, hacia las personas más queridas, hacia el curso del tiempo y el modo en que lo vivimos, ante nosotros mismos como seres humanos con nuestros sentimientos y creencias, hacia nuestro cuerpo y sexualidad, hacia la religión, hacia la política, hacia los que nos rodean y sus problemas, hacia la vida misma. Indiferencia total.

Indudablemente, Mersault tiene un gran vacío existencial. La vida, como la muerte no le importa. En la cárcel, antes de ser condenado, reflexiona sobre su relación amorosa, sobre su madre, y no es que sea una persona insensible, sino apática, indiferente. El nihilismo está presente, porque no hay nada en la vida del protagonista, la nada lo invade todo. No le importa el amor, los sentimientos, Dios. El propio autor decía: “No creo en Dios, me aburre”.  A su personaje no le interesa Cristo cuando el juez le pregunta si se arrepiente, cuando le pone delante una cruz, no le interesa el cristianismo del mismo modo en que le es indiferente el islamismo de la población musulmana con la que convive en Argelia.

Mersault ha matado un hombre pero no es consciente, es un bucle de acciones sin sentido, no es un asesinato buscado, premeditado, no hay odio ni venganza hacia los dos musulmanes que mata.  El protagonista es condenado, más que por culpa de asesinato, por su insensibilidad, por su sinceridad y por expresar todo lo que siente.  Es esa la moral social predominante: se le condena por no llorar a su difunta madre, no por matar a un hombre, por el hecho de mantener sus propias ideas firmes, por no decir lo que todos esperan que diga, por no ser uno más del rebaño. No responde de acuerdo al sistema y sus mecanismos, no se ajusta a las leyes establecidas, ni a la moral dominante. Sus valores no coinciden con los del resto de la sociedad: incluso parece que se le condena por no llorar en el funeral de su progenitora, por no sufrir, por no sentir dolor ni lamentarse, por no cumplir con el ritual fúnebre institucionalizado, convencionalizado. Y es así: Mersault se preocupa más de lo carnal, del calor, de la sensación de asfixiarse, y desea que el entierro pase lo más rápido posible. Camus nos da las dosis del absurdo, absurdo condicionado, evidentemente, por el contexto vital del propio escritor y filósofo. Probablemente, El extranjero es expresión del hombre amoral que dejó la Segunda Guerra  Mundial: un hombre pasivo, impasible e indiferente con su entorno.

No es un personaje hipersensible como el romántico, no le duele los problemas sociales ni la degradación espiritual, más bien permanece alejado de todo lo circundante: familia, amigos, trabajo.  Se aísla sin poder pertenecer a ningún colectivo, proclama su libertad, su autonomía frente a cualquier organismo que lo pueda subyugar.

Acude al asilo en el que se hallaba su madre y no derrama ni una lágrima en el funeral de esta. Mantiene la calma, no sufre, no llora, no comparte su pena con el resto de acompañantes en el velatorio. No sigue el ritual social predeterminado para los entierros. Médicos y enfermeras se sorprenden por esta insensibilidad del protagonista. Ya desde que se le avisa del fallecimiento de su progenitora su actitud es totalmente neutral e indiferente. Solicita el permiso de su jefe para ausentarse unos días con el temor de una reprimenda. Parece fastidiarle tener que trasladarse de Argel a Marengo, donde se encontraba el asilo, hacer ese penoso viaje cuasi rutinario. Vive este suceso como pura formalidad, como una gestión: conversa con el portero del asilo, fuma, no le interesa conocer a los amigos de su difunta madre, le irrita el llanto de una de las mujeres presentes en el velorio, etc. Como si estuviese vacío de sentimientos es como actúa a lo largo de toda la historia. Solo parece estar consciente del mundo, de la vida y del exterior cuando es encarcelado por cometer un asesinato inmotivado. Solo en su celda parece reflexionar sobre el sinsentido de su existencia, sobre la vacuidad de su vivir.

Finalmente, su muerte en el patíbulo es igual de absurda como su vida, monótona, sin nada que le importe: ni María, su novia, ni su vecino Salamano que maltrataba a su perro, ni su vecino Raimundo por el que se ve implicado azarosamente en la muerte de un árabe. Un antihéroe para el que ni el amor ni la amistad importaban.

En definitiva, lo que el autor nos muestra es un mundo incoherente moralmente, la carencia de humanidad, de empatía y valores como el de la Europa de postguerra, pero con escenario en el Argel francés que tiene mucho de autobiográfico de lo que fueron las vivencias del autor.

Albert Camus sentencia sus ideas de forma impecable en boca de su protagonista a punto de ser ejecutado: “Es como si durante toda la vida hubiese esperado este minuto…y esta brevísima alba en la que quedaría justificado. Nada, nada tenía importancia, y yo sabía bien por qué. Desde lo hondo de mi porvenir, durante toda esta vida absurda que había llevado, subía hacia mí un soplo oscuro a través de los años que aún no habían llegado, y este soplo igualaba a su paso todo lo que me proponía entonces, en los años no más reales que los que estaba viviendo. ¡Qué me importaban la muerte de los otros, el amor de una madre! ¡Qué me importaban su Dios, las vidas que uno elige, los destinos que uno escoge, desde que un único destino debía de escogerme a mí y conmigo a millares de privilegiados que, como él, se decían hermanos míos! […]. ¿Qué importaba si acusado de una muerte lo ejecutaban por no haber llorado en el entierro de su madre? […] En ese momento y en el límite de la noche, aullaron las sirenas. Anunciaban partidas hacia un mundo que ahora me era para siempre indiferente”.

Camus, Albert, El extranjero, Alianza Editorial, 1988.

AUTOR: ALEXANDRA DINU

Más entradas del autor para FdeT

Si quieres participar en el blog como colaborador en alguna de las secciones, envíanos un mail a info@fdet.es 

Grupo FdeT

Compartir:
Facebooktwittergoogle_pluslinkedin

Leave a Reply

A %d blogueros les gusta esto: