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23 jun 2016

JAIME GIL DE BIEDMA: de “No volveré a ser joven” a “Las personas del verbo”

El poeta que creía que quería ser poeta pero, en el fondo, quería ser poema

“Intento” de aproximación a la poética de Gil de Biedma 

El poema bandera de la poesía reunida en Las personas del verbo, “No volveré a ser joven” (Poemas póstumos, 1968), escrito en la primavera de 1967, el preferido de Jaime Gil de Biedma, lejos de la etapa del Gil de Biedma de la poesía social, se enmarca dentro de la poesía de la experiencia, dentro del ensimismamiento que le causaron sus obsesiones y del “existir en el orden de realidad en que existen los poemas”.

Jaime Gil de Biedma

Jaime Gil de Biedma

Tanto en este como en otros muchos poemas, Gil de Biedma usa como materia poética su propia vida, con lo que inevitablemente predomina el subjetivismo y el intimismo en su obra poética. Frente a poemas como “Contra Jaime Gil de Biedma” o “Después de la muerte de Jaime Gil de Biedma”, este poema ya no mata al personaje literario que Biedma creó, sino que reflexiona sobre la vejez y la muerte.

El poeta se muestra honesto en una búsqueda de un yo que ya no pretende crearse ninguna imagen o retrato estereotipado. Ahora se ha dado cuenta de que “la vida iba en serio”, de que los roles, los papeles del actor de nada han servido porque la vida  ha resultado no serle un teatro sino una cruel realidad. En su obsesión por el destructor paso del tiempo, en su malestar porque la realidad de la existencia humana está condicionada por el fluir temporal, el poeta afirmó: “me odio a mí mismo porque tengo que envejecer y que morir”. El espacio gris de la vejez, la madurez y los pesares es rechazado como materia poética por un poeta que prefiere celebrar la amistad o inventarse una identidad, una máscara.

La pérdida de la juventud supone el desinterés por la poesía como verdad personal –no así en el ensayo-, de ahí que este motivo, central en su poesía, lo atrape en el doble poético que se ha forjado, en el poema sin permitirle ser poeta, en la biografía que se ha creado. Prefiere cantar y lamentar la pérdida de la juventud a hablar de la vejez que sería desmentirse. La vejez no puede ser el tema poético de un poeta que dramatiza su edad con tan solo treintaiocho años. La vejez es el retiro de la poesía como biografía, como si ya no le sirviera para cantar los temas de su repertorio habitual, como si su tema y su imaginación lírica hubiesen acabado con el fin de la juventud. El título del poemario, Poemas póstumos, como si ya hubiese muerto como poeta, ya anuncia esta retirada. Puede decirse que con este poema se despide de la juventud, proclama que perder la juventud es perder la felicidad y nos deja una obra a medias, con ausencias.

POEMAS POSTUMOS, GIL DE BIEDMA

Jaime Gil de Biedma: POEMAS PÓSTUMOS

En poesía, el poeta nunca dirá toda la verdad como si fuera un documento de identidad, como Jaime Gil de Biedma no muestra su identidad enteriza. El “yo verbal” y el “yo” real implican la convergencia entre realidad externa, conciencia e imaginación, por ello, el “yo” de Gil de Biedma es tan real-autobiográfico como “personaje”. Ante todo, prevalece la idea de que la poesía es mentira.

Es un poema de la madurez, que carece de las dudas de la juventud y que parece haberse aceptado las propias contradicciones; es un poema que expresa la certidumbre, la nostalgia y la obsesión por el paso del tiempo. Ha pasado el tiempo de la dicha en compañía de los amigos y de los amantes, los momentos de felicidad, de placer, de erotismo, “los buenos años de mi juventud/ los años de abundancia/ del corazón, cuando dejar atrás padres y patria/ es sentirse más libre para siempre, y fue/ en verano, aquel verano/ de la huelga y las primeras canciones de Brassens,/y de la hermosa historia/de casi amor” como decía el propio poeta en “París, postal del cielo”. En este periodo de crisis de la madurez, del fin de la juventud, con la oposición pasado dichoso-presente atormentado se dirigirá a esos “pecadores como él, señoritos de nacimiento/ por mala conciencia escritores/ de poesía social” para decirles que “fue el último verano de nuestra juventud”.

La muerte supone el fin del goce carnal, del amor, de “los amigos, los compañeros de viaje” Carlos Barral, José Agustín Goytisolo, Juan Marsé, Gabriel Ferrater, Fabián Estapé o Blas de Otero, entre otros, mencionados en “En el nombre de hoy”. Estas reflexiones demuestran que la poesía de Gil de Biedma es una poesía intimista, de la consciencia, de la experiencia moral.

El paso del tiempo era una preocupación vital del poeta. Con el fin de la juventud efímera y caduca llega la lucidez, la verdad y el desengaño. El poeta ahora es consciente de su naturaleza mortal. Ahora sabe que es la vida la que se lo ha llevado por delante, una vida en la que la sexualidad y el alcohol lo arrastraron hasta un pozo sin fondo, hasta la destrucción. Dos fueron las ocasiones en que intentó suicidarse, además de las depresiones y crisis sufridas, de la contracción de sífilis, del contagio de sida que le acortaría la vida y de los violentos episodios vividos con chaperos.

En “Amistad a lo largo” también reflexiona sobre el paso del tiempo y dice “¡Ay, el tiempo! Ya todo se comprende”. Con el tiempo el poeta llega a comprender que la vida iba en serio, que no era un juego. Parece afirmar que la inconsciencia con la que ha vivido, tan propia de la juventud, le ha impedido aprovechar la vida de otra manera en la que no primase el carpe diem, en la que vivía en un sótano más negro que su reputación. Siendo joven, no pensó en la muerte, en envejecer; siendo joven se sentía un dios inmortal sobre la tierra que todo lo puede, como muchos jóvenes, creyéndose capaz de todo. No tenía límites ni obstáculos, vivía deprisa, como un vendaval, ansioso de comerse el mundo, sediento de fama, éxito, gloria, placeres, sin embargo, un día uno se da cuenta de que los años le pasan por encima, de que esos tiempos felices son pasado, recuerdo, de que lo mundano caduca y de que llega la Parca y uno se sabe mortal, y uno se da cuenta de que polvo es y al polvo volverá.

Como en “Noches del mes de junio” parece decir que “la vida nos sujeta porque precisamente/no es como la esperábamos”. El poeta evoca los momentos felices desde el pesimismo de la madurez, de la vejez, y la insistencia en ese tempus fugit irreparabile denota la amargura de un presente en que solo queda el malestar al despertar de un sueño, la conciencia atormentada, el desengaño, el desencanto y la desilusión. Ni rastro de la actitud epicúrea de su juventud, de la energía vital que le permitía encarar cualquier desafío, hacer realidad cualquier propósito, cualquier sueño. Sabía que su vida de excesos lo llevaba a la autodestrucción y ahondaba en su angustia, por ello, consciente, dice en el Diario de 1978:

Saber que mi angustia de hoy no es otra cosa que la factura que pago por un hermoso y feliz fin de semana debiera servir al menos de alivio, pero no: cada vez que pago lo hago de buena fe, convencido de que al pagar me arruino para siempre.

La estructura del poema es circular, pues en los primeros dos versos el poeta ya introduce la conclusión, “que la vida iba en serio/ uno lo empieza a comprender más tarde”, que se completa con los dos últimos, “envejecer, morir,/ era el único argumento de la obra”.

En la primera cuarteta establece el contaste entre la visión de la vida que tiene un joven frente a la de un hombre maduro. En la segunda y tercera cuarteta opone la percepción hedonista de la juventud, idealista, frente a la visión realista de la madurez, así como del envejecer y morir: en la juventud, eran dimensiones del teatro, en la vejez, el argumento de la obra. Se establece un contraste entre llevarse la vida por delante, dejar huella y envejecer y morir; la primavera y el otoño como los dos polos de su vida.

La brevedad del poema –tres cuartetas que combinan metros endecasílabos y heptasílabos de rima asonante-  y la estructura sencilla inciden en la intensidad y no por ello desdeñan el cuidado formal. Al lector le llega el sentimiento del poema porque es una poesía sentida, de la experiencia –como ha afirmado la crítica- y autobiográfica –el empleo de la primera persona para hablar de su experiencia vital, de la transformación que sufre con los años, con el transcurso del tiempo, aquí es deliberado y el uso del pronombre indefinido uno es un recurso coloquial más que distanciador- que emplea un léxico sencillo -accesible a todas las masas-  y un tono conversacional, coloquial, casi como si el poeta estuviese hablando y no escribiendo. Asiste a una conversación –como las que tanto le gustaban en las tertulias con sus amigos a altas horas de la madrugada-  del poeta sobre su desengaño vital. Y ese es su objetivo: hablarle al lector, conversar con él, de ahí que este poema no presente una elaboración léxico-formal más compleja y que su proximidad a la prosa sea tan notoria.

La suya es una poesía depurada de todo ornamento, dice lo justo y cada palabra parece llevar detrás un proceso de elección, de selección, por ello da la sensación de espontaneidad, de salir a borbotones, de ser puro sentimiento. Es la apuesta por lo natural y lo directo que baja a la poesía lírica de su pedestal de magnificencia, la grandilocuencia, el artificio. Y lo más importante: el tratamiento personal del lenguaje de las gentes, como proclamaba Wordsworth, el “vocabulario de la realidad” de García Montero. Espontaneidad y conciencia sobre una etapa vital. Cotidianeidad y verosimilitud del sentimiento con los que se identifica el lector porque hacen del poeta una persona normal, no un artista trascendental, sagrado, romántico. Tal vez este rebajamiento y contacto con la realidad es lo que atrae a los lectores y hace que otros poetas envidien sus poemas. Esta no parece la típica confesión irónica de Gil de Biedma.

El uso de la lengua coloquial y conversacional es un rasgo relevante porque es un recurso poco empleado en la lírica española a favor de la lengua poética. Es notorio el influjo de Eliot, Auden u Wordsworth en este aspecto. El propio poeta afirma preferir el lenguaje ordinario de la conversación para el placer poético, prefiere el lenguaje de los hombres, de la vida, el real, para describir situaciones cotidianas, de verdad. Esto justifica que el lenguaje que Gil de Biedma usa en su poesía se aproxime al de la prosa. Le interesa una lengua poética de factura coloquial, como la de Antonio Machado, cercana al refrán, a la sentencia, una lengua cercana a lo oral, al oído, a la música.

El empleo de la metáfora del theatrum mundi, con la que Gil de Biedma parece concebirse desde la desilusión como personaje de una obra de teatro, responde a la necesidad del poeta de forjarse una identidad irreal como personaje poético y como poeta. Este juego literario del doble ya está en Antonio Machado (Juan de Mairena) y remite a poemas tan conocidos como “Contra Jaime Gil de Biedma” donde esta identidad se escinde y a “Después de la muerte de Jaime Gil de Biedma” donde esta identidad que se mata juega a sobrevivirse.

El poeta que quería ser poema, que se construyó una identidad literaria, un álter ego que decía ser falso para tranquilizar a sus familiares, pero que en realidad tenía mucho del escritor Jaime Gil de Biedma, porque su poesía toda es autobiográfica, se descubre en este poema honesto en una búsqueda de un yo que no pretende crearse ninguna imagen o retrato estereotipado. Ahora se ha dado cuenta de que “la vida iba en serio”, de que los roles, los papeles del actor de nada han servido, pues en esta su crisis de madurez en que se palpa su desdoblamiento entre unas facetas creadas por él –la literaria, la estética y la ideológica- y la real –la del ejecutivo, la del “burguesito en rebeldía”, como el propio Gil de Biedma decía- muestra la aflicción por la consciencia del paso del tiempo y la proximidad de la muerte. En suma, se da cuenta de que “todo lo que había esperado de la poesía [y de la vida] era nulo, no existía y era un puro engaño”, por ello, renuncia a ser personaje poético, hijo de demiurgo, renuncia a la palabra para ser solo un hombre agotado y derrotado por la vida para el que envejecer y morir no son ya las dimensiones del teatro sino el argumento de la obra. Un hombre que, “aunque sea un instante”, desea descansar, dejarse, “con tal de que la vida deponga sus espinas”.

A través del uso de términos teatrales, el poeta desvela que su vida ha sido un teatro, una ilusión, un fingir una doble vida en la que escondió a su familia y entorno, para los cuales era el secretario del consejo de administración de la Compañía de Tabacos de Filipinas que cumplía con su trabajo, que era homosexual, comunista y poeta, fundamentalmente nocturno, ebrio y lleno de contradicciones. Una existencia, en definitiva, en la que la mala conciencia de burgués y la insatisfacción con sus orígenes aristocráticos le llevó a participar en las reuniones de la Gauche Divine barcelonesa en la Sala de Fiestas Bocaccio y al deseo –solo quedó en un deseo- de ingresar en las filas del Partido Comunista, hecho que nunca fue posible porque el poeta era homosexual.

En lo que se refiere a las intertextualidades, en este poema late la conciencia y premonición de la muerte, ese mar de Antonio Machado o de Jorge Manrique. El poema, al igual que “Recuerda”, donde dice “Hermosa vida que pasó y parece/ya no pasar…”, tiene ese aire, ese eco de “Todo pasa y todo queda,/pero lo nuestro es pasar,/pasar haciendo caminos,/caminos sobre el mar” de los Cantares de Machado o de “Juventud, divino tesoro,/ ya te vas para no volver”, de “Canción de otoño en primavera” de Rubén Darío. Además de estas reminiscencias, es necesario mencionar que en otros poemas Gil de Biedma recoge citas de poetas de la tradición española como Antonio Machado, Rubén Darío, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre, Francisco de Quevedo o Luis de Góngora o de la tradición europea con citas de T.S, Eliot o Charles Baudelaire, reflejo de su cosmopolitismo cultural y una pista sobre sus referentes, sobre su aprendizaje poético.

Entre otros poemas de tema similar de Gil de Biedma están “Recuerda”, sobre el pasado, “Al final”, sobre la muerte, “Ha venido esa hora”, sobre el cambio del tiempo o “Ultramort” que recuerdan a esa consciencia angustiosa de Góngora, y Quevedo, de la tradición literaria barroca. La lamentación por la pérdida de la juventud no es exclusiva de este poema, pues se manifiesta también en “Himno a la juventud”, donde suspira por la mocedad desaparecida, o en “De senectute”, donde delata la nostalgia por la llegada de la vejez y el temor a sus cuidados. El paso del tiempo, como la vida, la muerte, el amor o las vivencias personales es un leit motiv, en definitiva, un tema constante en la poesía de Jaime Gil de Biedma. Sobre la vida, sobre esa “pausa inmensa, vertiginosa”, no solo medita en la madurez, sino también en su adolescencia cuando le revela a Juan Goytisolo en “Infancia y confesiones” que “a menudo pensaba en la vida”, en una vida que “tenía extraños límites/y lo que es más extraño: una cierta tendencia/retráctil”. Ahora la vida le resulta a Jaime Gil de Biedma un invierno, “un infierno de meses y meses de agonía”, con la esperanza que tal vez “ultramort” se le convierta en “una segunda infancia prolongada”. El desánimo, el desaliento y la apatía dan sus últimos latidos en “De senectute” cuando el poeta sentencia que amanece otro día en que no estará invitado ni a un momento feliz y en “De vita beata”, cuando concluye que la felicidad está en no tener memoria alguna y en vivir en las ruinas de la inteligencia.

 

BIBLIOGRAFÍA

Gil de Biedma, Jaime, Diarios: 1956-1985, edición de Andreu Jaume, Barcelona, Lumen, 2015.

Gil de Biedma, Jaime, Las personas del verbo, edición y prólogo de Carme Riera, Barcelona, Lumen, 1998.

 

AUTORA: ALEXANDRA DINU

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