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3 Jun 2019

La historia de Elia Tomasi.

Hace pocas semanas, en una visita a casa de mis padres observaba una antigua foto sobre el mueble del salón. En ella aparece una niña de unos 5 años que tiene en brazos una muñeca de cartón, es mi madre y la imagen debió ser tomada a mediados de los años 50, cuando ella aún vivía en el pueblo con su familia.

Valdepeñas de Jaén, mediados de los años 50.

Aquella imagen me trasladó a un tiempo más reciente, cuando yo estaba acabando mis estudios universitarios y aprovechaba algún descanso entre tema y tema para visitar a mi abuelo. Él tenía por costumbre salir a tomar el fresco a la puerta de la casa durante las calurosas noches de verano en Jaén. Sentado en su vieja silla de madera y anea, fumando un celta emboquillado, pasaba las horas hablando con los  vecinos y yo me sentaba junto a él en el escalón y escuchaba sus historias vividas, así me relajaba antes de volver al estudio.

El caso es que había historias interesantísimas -al menos a mí siempre me lo parecieron- y las podía escuchar una y otra vez sin llegar a cansarme. Historias de interminables jornadas de caza con su perra Linda, de noches oscuras y frías de estraperlo en la sierra, de trabajo en el campo en  jornadas agotadoras bajo sol…pero entre todas esas historias hubo una de ellas que me marcó para siempre y que me ha acompañado a lo largo de estos años determinando, en gran parte, mi profesión.

Aquella historia tuvo lugar en Francia entre 1955 y 1956 cuando mi abuelo como muchos otros jóvenes de su pueblo y de otros muchos pueblos de España emigró en busca de trabajo y un mejor porvenir para sus familias, eran tiempos duros, muy duros.

Encontró trabajo como peón de la construcción en una de las numerosas obras de canalización que se hicieron en el río Sena y allí estuvo ganándose el mendrugo junto a otros españoles, franceses, argelinos e italianos. Dormían -me contaba- en barracones de 8 hombres, en literas de madera y trabajan a turnos, 6 días a la semana.

De compañero de litera tenía un joven italiano de la zona de Trento, padre como él de un niño 6 años. El italiano, siempre risueño y amable, le mostraba orgulloso a mi abuelo una foto desgastada del pequeño, y mi abuelo, le daba la réplica mostrándole una foto de mi madre que siempre llevaba en la cartera.

Un día mientras los dos estaban trabajando en el lecho del río, en el encofrado de un muro, uno de los paneles de contención para agua cedió y empezó a inundar la excavación rápidamente. Mi abuelo pudo escapar hasta la superficie trepando a duras penas por las armaduras, el joven italiano tuvo menos fortuna y no pudo ponerse a salvo de la violenta batida del agua, tampoco nadie pudo ayudarle y se ahogó.

Luego fueron los ingenieros de la obra a revisar el tajo y los trabajos estuvieron parados dos días. Alguien fue a recoger los pocos enseres del italiano y retiró también la foto del pequeño que había en la litera antes de mandarlo todo a su pueblo en Italia; en la fotografía por detrás había un nombre escrito: Elia Tomasi, así se llamaba el pequeño y así también se llamaba el padre.

Mientras me contaba esto, entre frase y frase, mi abuelo daba una calada cansina al cigarro y un trago al vino, y yo observaba como tenía la mirada traslúcida, como si estuviera viviendo aquellos momentos otra vez, con la misma impotencia que aquel día en un canal del Sena.

Yo con los años acabé los estudios pero seguí visitando mientras pude a mi abuelo y la historia de Elia Tomasi siempre nos acompañó. A veces quiero imaginar que el pequeño Tomasi llegó a hacerse un hombre y a tener su propia familia, quizá haya por la zona de Trento algún Tomasi de tercera generación que conozca la historia como yo la conozco, eso nunca lo sabré.

Lo que sí sé con rotundidad es que en los 64 años transcurridos desde entonces el mundo ha evolucionado enormemente, la tecnología y la ciencia también, pero sin embargo los accidentes en el trabajo siguen costando la vida de personas por las mismas causas de entonces; la falta de planificación, las prisas y el exceso de confianza. Parece que de manera contumaz repetimos los mismos errores del pasado. Es por eso que mi propósito está ligado a aquella historia del italiano de Trento, para que no se repita más un hecho así, para que no haya más historias como la de Elia Tomasi. Es nuestra responsabilidad divulgar la experiencia y el conocimiento para que todos podamos volver a nuestras casas a abrazar a nuestras familias.

Autor: FRANCISCO JAVIER LARA COLMENERO

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