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2 ene 2017

137, LA HISTORIA DE UN NÚMERO PRIMO

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Lo que esconde el 137

Este bonito número primo, 137, es el tema de una historia sumamente aleccionadora y estimulante, food for thaught, como dicen los anglosajones, en el tema de la filosofía de la ciencia.

La historia concierne dos personajes de lo más pintoresco: Karl Gustav Jung y Wofgang Ernst Pauli, suizo el uno, austríaco el otro; cristiano el primero, judío el segundo; sicoanalista el uno, enfermo síquico el otro.

137

Jung fue un médico suizo, entusiasmado por el sicoanálisis de Freud y motivador del entusiasmo de su maestro, que lo consideró bastante pronto como su discípulo favorito y continuador de su obra (Jung era del 1875 y Freud del 1856, casi 20 años mayor).

Pero Freud no admitía la mínima desviación de sus teorías y Jung tuvo la “osadía” de poner en tela de juicio uno de los principios básicos de la sicología freudiana: la etiología sexual única de las neurosis. Jung dejó de ser el discípulo favorito de Freud y pasó a ser una especie de hereje del sicoanálisis.

No es posible dar aquí ni siquiera una resumen sobre la sicología desarrollada por el doctor de Basilea. Si el lector está interesado por este tema, puede consultar el libro del mismo título de Jolande Jacobi, discípula preferida de Jung (The Psycology of C.G. Jung, prologado por su maestro).

Jung fue un estudioso de libros de parasicología, de alquimia y de mitología. Para él todas estas disciplinas ponían de relieve la existencia de un inconsciente colectivo, un cúmulo de “arquetipos” que se dan en todas las civilizaciones y en todas las épocas y que no es necesario de redescubrir, basta leer los tratados de alquimia, por ejemplo, para encontrarlos. Los arquetipos del inconsciente colectivo deberían guiar al sicoanalista para encontrar la etiología de las neurosis.

Jung jugó toda su vida profesional en el filo de la navaja entre la ciencia y la mística, entre el conocimiento positivo y la intuición, digamos, pre-científica.

Wolfgang E. Pauli fue un matemático de primerísima fila en su época, más joven (1900) que Jung. Las contribuciones de Pauli a la física cuántica son numerosas: la predicción de la existencia del neutrino, el principio de exclusión llamado precisamente de Pauli, la simetría CTP, y otros que no podemos explicar aquí.

Ambos estuvieron unidos por una amistad que fue más allá de la colaboración científica que se plasmó por ejemplo en la autoría conjunta de un par de libros. En ellos se trata de un principio de coincidencia de ciertos fenómenos fuera de la causalidad física, este principio, llamado de la sincronicidad, hace que dos acontecimientos sucedan al mismo tiempo sin una conexión causal.

Por ejemplo, la presencia de Pauli producía la avería de alguno de los aparatos próximos a su presencia, sin que hubiera, obviamente, ningún nexo causal. En una ocasión, los delicados aparatos de un laboratorio en Munich fallaron y todo el mundo se preguntó ¿Dónde está Pauli? Todos pensaban que estaba en Zurich porque en aquella época era profesor de la prestigiosa ETH. Nadie sospechaba que en realidad se encontraba a pocos pasos del laboratorio, en la estación del tren en la que se encontraba viajando a Copenhague para ver al famoso Niels Bohr.

Jung y Pauli estaban muy interesados en la constante de estructura fina de la espectrografía, cuyo valor es de 1/137. Curiosamente este valor es independiente de las unidades en las que se midan los valores del sistema que se esté usando. Muchos físicos usan el sistema metro – kilogramo – segundo para obtener el valor citado, pero si lo midieran todo en años luz – onza – milenio, se obtendría el mismo valor 1/137.

Un día dando una clase, Pauli sintió un fortísimo dolor de vientre y fue llevado al hospital. Cuando su asistente fue a visitarlo Pauli le dijo: “No voy a salir vivo de aquí ¿Por qué? Salga un momento de la habitación y vea cual es su número”. Wolfgang E. Pauli moría efectivamente poco tiempo después de un cáncer de páncreas en la habitación número 137.

A su entierro asistieron las figuras más preeminentes dela física, pero allá, sin invitación especial, al fondo de la sinagoga se encontraba su médico y amigo: Karl Gustav Jung.

Autor:JULIO MORENO-DÁVILA. La Tour-de-Peilz, diciembre del 2016

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