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1 may 2018

Entre la moda y la coherencia: psicología positiva.

Desde hace algunos años y, sobre todo, en estos últimos, se ha puesto muy de moda eso de la “psicología positiva”, la necesidad de ser felices ante todo y cualquier situación y, por supuesto, la necesidad de alcanzar esa felicidad de cualquier forma.

Está claro que si nos preguntan entre si preferimos estar tristes o felices casi todos escogeremos la primera opción, evidentemente, pero, ¿cuánto es de “malo” estar triste?, ¿es acaso necesario? O si hemos tenido un mal día en el trabajo y el resto del día se nos ha complicado, ¿no podemos sentir, rabia?, ¿frustración?, ¿tristeza? A nuestro alrededor hay personas que lo pasan mal y nosotros, en ocasiones, también nos incluiremos en ese grupo y por mucho que nos duela la vida tiene su propio pulso.

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Psicología positiva: ¿necesitamos sentirnos felices?

Pues bien, este movimiento de la “psicología positiva”, nace de la mano de Martin Seligman (ex-director de la APA) con la intención de hacer frente a la psicología más tradicional, acostumbrada a etiquetar con un trastorno o síndrome.

Se puede entender la felicidad de tres formas:

  • Como vida placentera: ya que ésta está llena de emociones positivas y se basa en experimentar todos los placeres que se pueda y se puede potenciar desarrollando habilidades como la conciencia o la visualización.
  • Como vida de compromiso: son el trabajo, crianza de los hijos, amor, juego y amistad y las personas que optan por este tipo de felicidad tendrán que desarrollar habilidades para mantener los aspectos que las conforman.
  • Como vida significativa: para lograr esta felicidad sería necesario conocer las fortalezas que tenemos (espiritual, trabajo, amigos, relaciones, familia, etc) y utilizarlas en favor de algo mejor.

Seligman pretende un cambio de paradigma integrando elementos de otros enfoques (humanismo). El problema viene por los entusiastas del movimiento positivo, ya que tienden a construir el mundo emocional en términos dicotómicos, es decir, buenos y malos. También magnifican el poder de la emoción “positiva” dándole la capacidad para el cambio. Estas premisas están muy lejos de la realidad pues otorgan un peso desmesurado a lo que hacemos bien o mal, sin dejar mayor opción a las variables ambientales que se dan en nuestras vidas.

Un ejemplo claro lo tenemos en el superventas “El secreto”, donde se defiende, que si cultivas tu mejor versión de ti y deseas algo con la suficiente fuerza, el universo lo pondrá delante de tus narices, así porque tú lo vales, y por lo tanto podemos deducir que si no lo consigues, probablemente es porque no lo has deseado lo suficiente. No nos engañemos, cultivar nuestra mejor versión es algo que se supone de base, para ello habrá que trabajar nuestras fortalezas, pero estos dogmas no se responsabilizan de que no consigas tu objetivo de la forma tan imaginativa que proponen.

Con esto no quiero decir que Seligman venda humo, en absoluto, sus aportaciones son claras, ha posibilitado la apertura de vías de investigación interesantes. El problema está en la transformación que algunos hacen de una corriente psicológica respetable, en tendencia (interpretación simplista del mensaje, explotación de los preceptos para vender libros de autoayuda y, cómo no, coaches, intrusos laborales que con poca formación y mucha energía sí que venden mentiras al personal).

Se da la paradoja de que pretender ser feliz a toda costa podría provocar infelicidad y es que la necesidad de una actitud positiva en todas las circunstancias no es sana y puede provocar culpabilidad ante un estado de ánimo decaído. La felicidad no es algo a perseguir y no debe pasar por la negación o evitación de experiencias dolorosas ya que éstas son totalmente necesarias y justamente ser inteligente gestionando estas emociones es lo que nos hace crear una fortaleza. A veces un problema es, sólo eso, un problema y para ser conscientes del mismo y resolverlo tal vez debamos experimentar tristeza, rabia o miedo.

Evitar mirar una parte de la realidad nos lleva a la ausencia de compromiso con la realidad social que nos rodea, rehusar encarar no sólo la parte aversiva de la vida, sino la que no nos gusta de nosotros mismos tiene muchas implicaciones morales suponiendo una disminución de nuestro nivel de consciencia y consecuentemente una disminución del grado de responsabilidad que tenemos con nuestro entorno.

A medida que crece la presión por sentirse bien en todo momento entendemos que sentirse mal no sólo es patológico, sino socialmente inaceptable. La tiranía de la actitud positiva puede contribuir paradójicamente a reducir el bienestar subjetivo, es decir, si te sientes mal por algo y no puedes poner cara feliz, aunque lo intentes, puedes sentirte incluso peor, porque no sólo te sientes mal por lo que te afectaba en primer lugar, sino que además te sentirás culpable cuando no puedas sentirte bien por no ser capaz de cumplir el programa diario de actitud positiva.

Y luego, también hay que sopesar que la cultura influye de forma significativa en la forma de entender la felicidad cada uno. Culturas europeas y norteamericanas basan la felicidad en la afirmación de los atributos positivos de uno mismo y su consecución a través del esfuerzo personal, de tal forma, que sentirse mal está directamente relacionado con no hacer nada por nosotros en la vida.

En Asia, el centro del pensamiento, la acción y la motivación es el “Yo” en relación con otros, la felicidad es un estado basado en la simpatía mutua, la compasión, el apoyo a los demás, la familia, en definitiva, la armonía social.

Entonces, ¿qué felicidad es mejor?, haciendo una búsqueda rápida, encuentro junto a los síndromes más clásicos (síndrome de Burnout, síndrome de Acoso Laboral o Mobbing, síndrome de Peter Pan, síndrome de Munchausen, síndrome de Diógenes, síndrome de Wendy, síndrome de depresión post-parto, síndrome del nido vacío), se van identificando algunos nuevos (síndrome de Alienación Parental, síndrome de Stendhal, síndrome de Fatiga por Exceso de Información, síndrome de la Perplejidad o Complejo de Ulises, síndrome de Estocolmo Doméstico) y otros que, ciertamente, no tienen desperdicio; no me resisto a mencionar el síndrome de Amaro (interesarse en conocer la vida de los famosos con la condición de que esté rota) que es por lo visto diferente al síndrome de los Fans (demostrar una fuerte fascinación por la vida privada de los ricos y famosos).

Y para los japoneses, malas noticias: dos nuevos síndromes psicológicos ligados a la depresión, el kitaku kyohi, que se distingue por el miedo a volver al hogar, y el susha kyohi, definido por pánico de regresar a la oficina.

Por cómico que parezca, esto pone de manifiesto la necesidad de psiquiatrizar o psicologizar todo cuanto nos rodea y que forma parte de la vida misma. Que quede claro, vivir no es una enfermedad y sufrir tampoco lo es.

De modo que ¿necesitamos un psicólogo positivo para vivir felices?, pues es probable que no. Nos necesitamos a nosotros mismos pero prestando atención a lo que pasa, aprendiendo recursos, estrategias, actitudes y formas de afrontar lo que ocurra en nuestro día a día, aspectos que ya ofrece la propia psicología de la salud, la corriente humanista y cognitivo-conductual.

Algunos consejos básicos son:

  • Respirar, es algo a lo que no prestamos atención por lo automático que es para nosotros pero ante los problemas, respirar te da tiempo. Quiero con esto decir que cuando tienes que tomar una decisión necesitamos tiempo y cuando no lo tenemos, hay que buscar un hueco en nuestra cabeza donde poder pensar en silencio. Con 2 segundos de respiración creamos 4 segundos productivos.
  • Reconocer lo que hay; ser sinceros con nosotros mismos y mirar de frente a las emociones que me genera este hecho, sin intentar teñirlas de colores, imagina una tabla de surf en el mar, por mucho que intentes hundirla siempre saldrá a flote, las emociones siguen el mismo proceso. Podemos crear un espacio para la emoción que nos atañe en ese momento, podemos sentir tristeza, saber que está ahí, pero seguir con lo que estamos haciendo y más tarde dedicarle tiempo para no que se quede ahí. Aquí impera una lógica aplastante para todo y a expensas de pareceros visceral, la vida está ahí, como un torbellino, y podemos optar entre estar preparados o no.
  • Aprender de lo vivido, pero no como se dice comúnmente, para la próxima aprendo, es decir, cuando algo ocurre, hay que darle la importancia que merece, pero nunca olvidarlo para después, es decir, ante todo, cada uno tiene que preguntarse a qué nivel le interesa su bienestar y un equilibrio emocional. Cuando la vida nos da un bofetón normalmente siempre quiere decir algo, pues suele ser causa de acciones que hemos dejado sueltas o sin resolver, por eso nunca hay que perder el tiempo para después porque, al final, es una mezcla de todo.

AUTORA: ROCÍO MOLINA

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