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20 jul 2016

LA MUERTE, ESA GRAN DESCONOCIDA

La muerte es un proceso por el que todas las personas, tarde o temprano, estamos abocadas a pasar por el simple hecho de serlo, sin embargo su experiencia se ha sumido en una tremenda paradoja. Es un hecho que, gracias a los medio audiovisuales, el final de la vida ha perdido gran parte de su componente humano: los videojuegos, cada vez más violentos, tratan la muerte de las personas como meros logros mostrando explícitamente y cada vez con más realismo la agonía y la muerte de seres humanos en medios violentos.

LA MUERTE

LA MUERTE, UN PROCESO INEVITABLE QUE FORMA PARTE DE NOSOTROS

Además, ni que decir tiene lo rutinarias que se han vuelto las noticias del fallecimiento de grupos de personas alrededor del mundo mostrando imágenes que hace no muchos años hubieran escandalizado a cualquier telespectador; y es que este contexto nos ha deshumanizado cuando pensamos en esa muerte que “seguro que no nos llega” porque hoy día nadie pone en su foto de perfil la bandera de Palestina, de Camerún o de Chad.

No obstante, cuando esa muerte cambia sus esquemas, se acerca a nuestro “mundo” y de algún modo nos toca de cerca tratamos automáticamente de ocultarla. Parece que hoy en día a todo el mundo le resulta de mal gusto hablar del final de la vida, nos violenta incluso plantearnos “qué pasaría si…”;, y es que podemos pensar que no tenemos las herramientas para asumir, con cierta naturalidad, que estamos expuestos a una vida limitada y que la muerte, como cualquier otro proceso a lo largo de ella, debería vivirse con la intensidad y sencillez que requiere.

Esta problemática real nos conduce a un punto de incomunicación con nuestros seres queridos, en el que ante una situación de fallecimiento no queden claras nuestras últimas voluntades, por ejemplo en un sentido técnico: medidas de mantenimiento de funciones vitales ante un estado vegetativo previsiblemente permanente, lugar donde pasar los últimos días o posicionamiento ante la decisión de donación de órganos. Pero también podemos pensar en un sentido afectivo: hablar lo no hablado, pedir perdón y perdonar, o simplemente permitir estar o no estar. Además de todo esto, que muchos creemos que tenemos más o menos organizado nos surge otra dimensión en la que a menudo no reparamos, y es que a menudo ponemos el protagonismo en la persona que se va, y cuando hablamos de la muerte preferimos pensar en nosotros como muriente (quizás duele menos morir que mueran). Entonces, ¿qué pasa con quien se queda? Pues parece que esa parte no es nada fácil tampoco, pero ahora propongo que hagamos un ejercicio de reflexión y pensemos por un momento que alguien a quien queremos le pasa algo. No sabemos muy bien qué es, ni siquiera si es malo o bueno porque con quien hablamos nos ofrece una información limitada, a veces incluso inconexa y contradictoria; sin embargo podemos apreciar como esa persona hablar a nuestras espaldas, en un lenguaje que no alcanzamos a entender pero con una actitud que trasciende más allá de las palabras y que nosotros sí podemos reconocer.

Imaginemos también de que no tenemos manera de acceder a ver a esa persona, y que nuestro “informador” considera que es mejor así; nosotros confiamos en él o ella tanto que no imaginamos siquiera que fuera posible poner en duda su criterio. Algunos de nosotros y nosotras optaríamos por dejar de hacer preguntas al darnos cuenta de que la única respuesta que encontramos es la evitación, la confusión o incluso a veces  la tajante agresividad de quien quiere dejar de responder. Después de haber esperado un tiempo llenos de angustia y en silencio nos informan de que esa persona está mejor, sin embargo no podemos verla aún. Nuestro “informador” no parece muy contento, incluso podríamos pensar que parece todo lo contrario a una persona contenta, pero a nosotros nos pide que sí lo estemos.

Llegados a este punto casi ninguno se atrevería a preguntar nada más allá de lo que la conversación (que presumiblemente será breve y concisa) nos aboque a cuestionar.

Pero el lío que tenemos sigue siendo tremendo. Parece que no vamos a volver a ver a nuestro ser querido nunca más, pero él si nos verá desde un lugar mejor, nunca habíamos oído hablar de ese lugar mejor, sería genial ir, pero mejor no preguntaremos cómo hacerlo, parece que el resto de gente no se alegra de que se haya ido. Pues bien, como parece esta situación no es excepcional. En nuestro medio es muy frecuente que los adultos ocultemos nuestras inseguridades, frustraciones y miedos con respecto al final de la vida ante los niños mediante el uso de metáforas tremendamente edulcoradas y complejas, mentiras “piadosas” o simples silencios. Con ello conseguimos traspasar todos los sentimientos negativos que añadimos al proceso de muerte a los más pequeños, condicionando así cómo se enfrentarán, no solo a las futuras muertes que vivan a su alrededor, sino a cómo serán capaces de elaborar sus pérdidas a lo largo de su desarrollo.

Por tanto, los adultos tenemos la responsabilidad de educar a los niños en la muerte, y podemos hacerlo siguiendo unas premisas muy sencillas:

En primer lugar debemos ser conscientes de que podemos dosificar la información. La clave para hacerlo la encontramos en la segunda premisa: la conversación. Debemos aprender a conversar con los niños, a escucharlos y tratar de comprender sus necesidades e inquietudes.

La tercera premisa a tener en cuenta es la sinceridad: la sinceridad con nosotros mismos y la sinceridad con ellos. Así, si no somos capaces de aceptar nuestros sentimientos sin avergonzarnos de ellos no podremos mantener una conversación eficaz, porque nadie dijo que fuera malo llorar delante de un niño, no podemos tener miedo a ser humanos. Del mismo modo asumir que no podemos mentir acerca de qué ha ocurrido, pero sí podemos (y debemos) adaptar la información a la capacidad de comprensión de cada niño y niña en ese momento.

La cuarta premisa es no tener miedo a los sentimientos ajenos. Así, si nosotros lloramos y lo aceptamos, tampoco sintamos rechazo porque los más pequeños expresen su tristeza, su angustia o su inquietud; la edad no es un eximente de los sentimientos.

En quinto lugar debemos estar preparados para ser capaz de explicar qué ocurre con la parte física de esa persona o cuál es la realidad acerca de si vamos a volver a verla  como antes lo hacíamos.

La sexta premisa, que resulta fundamental sobre todo antes de la adolescencia es asegurarnos de que los niños y niñas no se sienten culpables de lo que ha pasado. Y es que hasta los 10 años el pensamiento mágico-religioso puede confundirlos y llevarlos a pensar que el simple hecho de no portarse bien o desear algo malo para alguien puede causarle la muerte.

Por último resulta muy interesante ser capaces de introducir a los niños en los ritos funerarios dentro de sus límites, lo que les ayudará a sentirse integrados y comprender mejor, no solo qué ha pasado, sino por qué todo el mundo actúa como actúa.

Guía para ayudar a los adultos a hablar de la muerte y el duelo con los niños

Guía para ayudar a los adultos a hablar de la muerte y el duelo con los niños

Todas estas premisas y más pueden consultarse en la “Guía para ayudar a los adultos a hablar de la muerte y el duelo con los niños” de la Fundación Mario Losantos del Campo, un documento fascinante y digno de compartir con todos nuestros seres queridos.

Autor: JUANMA VÁZQUEZ

Ver todos los artículos del autor para el blog de FdeT.

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