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23 jul 2018

Ciencia, Fe, Razón y Religión

El eco del fallecimiento de Stephen Hawking, el pasado 14 de marzo, llegaba, probablemente, a los más remotos confines de ese Universo que ayudó a desentrañar y del que formó parte como una estrella más. No tardaron los medios de comunicación en acudir a grandes expertos para ponderar sus grandes logros científicos, entre los que destaco el obituario de Sir Roger Penrose en The Guardian. Pero como era previsible, enseguida pulularon los reportajes sobre sus repetidas declaraciones de ateísmo. Las posibles controversias Ciencia, Fe y Razón suelen dar mucho juego mediático y, de hecho, existen en internet largas listas de eminentes científicos que se declaran ateos y son muy activos tanto en defender sus opiniones como en atacar las contrarias. Es tan difícil como poco aconsejable pontificar sobre tan delicado asunto, y no seré yo quien lo haga, pues el ejercicio de la libertad individual está en la cima de mis preferencias. No obstante, me apetecía tocar este delicado asunto para ponderar la figura de George Lemaître.

En su libro Una breve historia del tiempo Hawking se pregunta qué significaría si alguna vez descubriéramos por qué existimos nosotros y el Universo, y responde: “Sería el triunfo final de la razón humana, porque entonces conoceríamos la mente de Dios”. De ello, alguien interpretó que Hawking creía en Dios. Tres años antes de su muerte, Hawking lo quiso dejar claro: “Antes de entender la ciencia, es natural creer que Dios creó el Universo. Pero ahora la ciencia ofrece una explicación más convincente. Lo que quise decir con ‘conoceríamos la mente de Dios’ es que sabríamos todo lo que Dios sabría, si hubiera un Dios, que no existe. Soy ateo.”

Las insistentes declaraciones de Hawking negando la existencia de Dios a pocos sorprendían, pues a lo largo de los años, había manifestado reiteradamente su oposición a las creencias religiosas. Por ejemplo, hablando de simios afirmaba: “Somos simplemente una raza avanzada de monos en un planeta menor de una estrella mediocre. Pero podemos entender el Universo. Eso nos convierte en algo muy especial”. Sobre ciencia y religión: “Hay una diferencia fundamental entre la religión, que se basa en la autoridad, y la ciencia, que se basa en la observación y la razón. La ciencia ganará porque ésta funciona.” Y sobre la creación: “Somos libres de creer lo que queramos y creo que la explicación más simple es que no hay Dios. Nadie creó nuestro Universo y nadie dirige nuestro destino. Esto me lleva a una profunda comprensión de que probablemente tampoco haya cielo ni vida después de la muerte. Tenemos esta vida para apreciar el gran diseño del Universo y por eso me siento muy satisfecho”.

Sin ánimo de comparar, pero acudiendo a quien más ha aportado al conocimiento del Cosmos, quiero recuperar algunos pensamientos de Einstein en su autobiografía: “No soy ateo, y no creo poder llamarme panteísta. Vemos el Universo maravillosamente arreglado y obedeciendo ciertas leyes que solo entendemos vagamente. Nuestras limitadas mentes captan la fuerza misteriosa que mueve las constelaciones. Los científicos creen que cada ocurrencia, incluidos los asuntos de los seres humanos, se debe a las leyes de la naturaleza. Por lo tanto, un científico no puede inclinarse a creer que el curso de los acontecimientos puede ser influenciado por la oración, es decir, por un deseo manifestado sobrenaturalmente. Sin embargo, debemos admitir que nuestro conocimiento real de estas fuerzas es imperfecto, de modo que, al final, la creencia en la existencia de un espíritu final y último descansa en un tipo de fe. Tal creencia sigue siendo generalizada incluso con los logros actuales en la ciencia. Pero también, todos los que están seriamente involucrados en la búsqueda de la ciencia se convencen de que algún espíritu se manifiesta en las leyes del Universo, uno que es muy superior al del hombre. De esta manera, la búsqueda de la ciencia conduce a un sentimiento religioso de un tipo especial, que seguramente es bastante diferente de la religiosidad de alguien más ingenuo.”

Parece generalmente aceptado que la apertura de la Iglesia al progreso científico fue iniciada por el papa Pío XII. Según escribe Georges V. Coyne en [1], tras la lectura del libro El átomo primigenio, de G. Lemaître, Pío XII intentó identificar el estado inicial de las cosmologías del Big Bang con el acto de la creación divina. Ello ocasionó una gran controversia que pudo ser apaciguada gracias a la intervención del propio Lemaître, quien ya entonces gozaba de un gran prestigio mundial gracias al reconocimiento con que Einstein le distinguió. Fue suficiente con que Lemaître insistiera en que el átomo primigenio y la hipótesis del Big Bang deberían juzgarse únicamente como teorías físicas, quedando completamente al margen de cualquier consideración teológica.

Nadie duda que ha habido momentos en que la Iglesia ha asociado investigación científica con ateísmo. Juan Pablo II lideró un giro radical cuando declaró que “la ciencia no se puede usar de una manera simplista como base racional para la creencia religiosa, ni puede juzgarse por su naturaleza atea, opuesto a la creencia en Dios. […]. El cristianismo posee la fuente de su justificación dentro de sí mismo y no requiere de la ciencia para constituir su doctrina. La ciencia debe dar testimonio de su propio valor. Mientras que cada uno puede y debe apoyar al otro como distintas dimensiones de una cultura humana común cultura, ninguno debe asumir que forma una premisa necesaria para el otro. La oportunidad sin precedentes que se presenta hoy es para una relación interactiva común donde cada disciplina conserva su integridad y, sin embargo, está radicalmente abierta a los descubrimientos e ideas de la otra”.

Ha debido quedar claro que la intervención de Lemaître fue clave para el posterior diálogo ciencia-religión por parte del papado. Cuando uno se sumerge en la notabilísima obra del reverendo Georges Lemaître, resulta muy difícil evadirse de su seductor atractivo. Hasta el mismísimo P. A. M. Dirac, el 25 de abril de 1968, presentó un artículo en la Academia Pontificia de Ciencias titulado La obra científica de Georges Lemaître, donde el Nobel de Física de 1933 desgrana, con detalle, el amplio abanico de temas abordado por el genial sacerdote.

Leer más sobre Georges Lemaître.

Autor: ÁNGEL FERRÁNDEZ-IZQUIERDO 

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[1] Georges Lemaître: Life, Science and Legacy, Rodney D. Holder, Simon Mitton Editors, Springer-Verlag Berlin Heidelberg 2012, ISBN 978-3-642-32253-2

2 Responses

  1. Le felicito por la valentía de abordar un tema tan controvertido como la dualidad ciencia-creencia y la nitidez con que lo hace. También por la clarificación de la verdadera aportación del astrónomo y religioso Georges Lemaitre y su posición ecléctica ante el tema que nos ocupa. Y, precisamente porque yo no soy nada ecléctico sobre el tema, su artículo ha hecho renacer en mí el deseo de controversia, así que intentaré escribir algo para expresar mi parecer. Mi enhorabuena por su magnífica aportación.

  2. Pingback : FdeT blog Stephen Hawking, ¿un físico genial o un físico famoso? - FdeT blog

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