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26 abr 2017

SOBRE: “LUDWIG WITTGENSTEIN”, DE RAY MONK.

¿Por qué LUDWIG WITTGENSTEIN?

Si hay un filósofo de las matemáticas cuyos puntos de vista nunca he llegado a comprender del todo, ese es Ludwig Wittgenstein. Por supuesto que he abordado en numerosas ocasiones la lectura de su Tractatus-Logico-Philosophicus, pero resulta desalentador, precisamente por la forma en la que está escrito.

Ludwig Wittgenstein

Ludwig Wittgenstein

Por otra parte, hace mucho que sé que el trabajo de Wittgenstein fue muy importante para la filosofía de las matemáticas, y siempre he tenido curiosidad sobre sus ideas. ¿Por qué se me hace tan difícil la lectura de este librito, que es en realidad de tamaño reducido y que, al parecer, resultó tan importante para muchos otros antes que yo? Esta es una inquietud que, desde hace años, me ha perseguido secretamente. ¡Una limitación para mis capacidades! Así que cuando, hace unos meses, me encontré en una pequeña librería con un libro dedicado a Wittgenstein, no tuve más remedio que comenzar a leerlo, con curiosidad. Ya que el propio filósofo no logró atraparme con sus escritos (como sí lo hicieron otros anteriormente, como Frege, Cantor o Gödel), me preguntaba si quizás su biógrafo podría arrojar algo de luz, unas pocas ideas que yo pudiera asimilar. El libro del que estoy hablando es la biografía “Ludwig Wittgenstein”, de Ray Monk, publicada por Anagrama en su Biblioteca de la Memoria (volumen 8), en el año 2002.

Ludwig Wittgenstein

Ludwig Wittgenstein, por Ray Monk. Ed. Anagrama. Biblioteca de la memoria.

En efecto, la lectura de esta biografía ha sido una experiencia maravillosa. El autor estudió filosofía en las Universidades de York y Oxford, y defendió su tesis doctoral sobre la filosofía de las matemáticas de Wittgenstein. Su libro, antes de ser traducido al castellano por Damián Alou, ganó los premios John Lawellyn Rhys y Duff Cooper –dedicados a premiar la calidad de una biografía-. Es un volumen grueso, de 550 páginas escritas con letra más bien pequeña y apretada (especialmente pequeña, en las numerosas citas textuales), pero me conquistó desde las primeras líneas:

“<<¿Por qué debería uno decir la verdad si puede serle beneficioso decir una mentira?>>

Éste era el tema de las primeras reflexiones filosóficas de Ludwig Wittgenstein de que tenemos constancia. Más o menos a la edad de ocho o nueve años, hizo una pausa en algún umbral para considerar la cuestión. Al no encontrar ninguna respuesta satisfactoria, concluyó que, después de todo, no había nada malo en mentir en determinadas circunstancias.

(…) Y aún con todo, la respuesta juvenil de Wittgenstein a este problema en particular es, en otro sentido, muy poco característica de él. Su fácil aceptación de la deshonestidad es fundamentalmente incompatible con la implacable veracidad por la que Wittgenstein era tanto admirado como temido de adulto.” 

Así, ya desde el inicio del texto descubrimos que nos enfrentamos a un personaje complejo, poliédrico, difícil pero muy interesante, y que la filosofía será uno de los temas centrales del libro.

Por supuesto, uno desearía que alguien como Monk, un estudioso de la obra de Wittgenstein, le contara con todo detalle sus ideas, le desvelara el misterio que hay tras sus (generalmente complejos) textos.  Eso nos impulsa a leer el libro. Sin embargo, pronto descubrimos que en él hay más una explicación de la persona que de la obra y que dicho tema (Wittgenstein como sujeto, su evolución personal, sus crisis, los problemas de vida a los que se enfrentó y cómo los abordó, sus relaciones personales y académicas, etc.) merece quizás tanto o más interés que la obra filosófica en sí misma –de la que, de todas formas, se ofrecen muy a menudo pinceladas, muchas de ellas extremadamente inteligentes.

Ludwig Wittgenstein nació en Viena (Austria) el 26 de Abril de 1889 y murió en Cambridge (Inglaterra) el 29 de abril de 1951. Era el octavo y último hijo de un rico industrial que, aunque tenía origen judío, profesaba la fe protestante. Su familia se consideraba una de las más ricas y poderosas del imperio austrohúngaro. Además, otras dos características destacables en su familia fueron: a) la tendencia al suicidio –varios de sus hermanos lo hicieron- y la refinada educación musical, que todos sus miembros compartían.

De joven, Wittgenstein se formó como ingeniero, y llegó a diseñar un motor de propulsión que, aunque fue pensado originalmente para un avión, luego se utilizaría con éxito en helicópteros. También logró una patente sobre el diseño de hélices de avión. Esto sucedió en Manchester en 1910.  Pero justo entonces descubrió que lo que de verdad le interesaba era la filosofía y, de forma muy especial, la filosofía de las matemáticas.  Fue a visitar a Frege y, a continuación, se presentó en Inglaterra, donde se convertiría en uno de los alumnos más destacados de Russell.

La historia de Wittgenstein es, en gran medida, una sucesión de encuentros y desencuentros, de crisis personales y de relaciones extremadamente intensas, que conformarían tanto su personalidad como su propia imagen pública. Típicamente, Wittgenstein era muy estricto y exigente consigo mismo pero también con los demás.  Una de sus obsesiones, que le convirtieron, sin lugar a dudas, en una persona de muy difícil trato, era precisamente la búsqueda de la pureza, la autenticidad. No soportaba engañarse a si mismo ni tampoco a los demás, pero esto, llevado al extremo al cual él lo conducía, significaba entre otras cosas ser muy incómodo precisamente cuando los demás están más necesitados de un estado de confortabilidad.

En el texto de Monk descubrimos un Wittgenstein obsesionado por la redacción correcta de su obra y extremadamente crítico con ella y con la de los demás. Me sorprende que cuando aún no había defendido su tesis doctoral se le encargara redactar la reseña de un libro de lógica que acabada de publicar P. Coffey, un catedrático irlandés,  y que esta se publicara, a pesar de ser irreverente:

“En ninguna rama del saber puede un autor no tomar en consideración los resultados de una investigación honesta con tanta impunidad como es posible hacerlo en filosofía y en lógica. A esta circunstancia debemos la publicación de un libro como el del Sr. Coffey, La ciencia de la lógica, y este libro solo sirve como ejemplo típico de la obra de muchos lógicos de hoy en día. La lógica del autor es la de los filósofos escolásticos y comete todos los errores de aquéllos: naturalmente, con las usuales referencias a Aristóteles (Aristóteles, cuyo nombre es tomado en vano por nuestros lógicos, se revolvería en su tumba si supiera que hay tantos lógicos que no saben más de lógica hoy en día que hace dos mil años). El autor se ha pasado totalmente por alto la gran labor de los modernos lógicos matemáticos, una labor que ha aportado a la lógica un avance comparable tan solo al que se ha llevado a cabo en astronomía a partir de la astrología, en química a partir de la alquimia.

El Sr. Coffey, al igual que muchos lógicos, se beneficia enormemente de su confusa manera de expresarse; puesto que no se sabe si quiere decir <<Si>> o <<No>>, resulta difícil discutirle. Sin embargo, incluso a través de su nebulosa expresión, pueden reconocerse de manera suficientemente clara muchos errores graves (…) ”

Encuentro sorprendente esta crítica tan feroz, escrita por un “simple” estudiante. Más aún, me resulta morboso imaginar qué habrá pensado el Sr. Coffey, si es que tuvo la oportunidad de hacerlo, cuando leyó el Tractatus de Wittgenstein (en realidad, cualquiera de sus obras). ¡Aquél que le criticaba de forma tan despiadada por su “nebulosa expresión” había escrito algo que ciertamente resultaría ininteligible a la mayoría! Y no es solo mi opinión: el propio Wittgenstein mostró en numerosas ocasiones (tal como se expone en el texto que estamos comentando) su convicción de que prácticamente nadie podría entender el contenido de su Tractatus ni del resto de su obra, en general (a pesar de que cuando escribió y consiguió publicar el Tractatus, estaba convencido de que con dicha obra había resuelto la mayoría de los problemas importantes en filosofía). Por ejemplo,  cuando en junio de 1929 se examinó ante Russell y Moore,  para la obtención del título de doctor en filosofía –y así poder pedir formalmente una beca al Trinity College-, la defensa acabó con un breve debate al cual Wittgenstein puso fin acercándose a los miembros del tribunal y diciéndoles (dando palmaditas sobre sus espaldas) “No os preocupéis. Sé que jamás lo entenderéis”. Otro ejemplo: cuando por fin encontró un editor para el Tractatus –cosa que no fue en absoluto sencilla, incluso cuando ya contaba con un prólogo laudatorio escrito por el mismísimo Russell-, trató de convencerle del valor del libro con las siguientes frases:

“Una vez quise  poner en el prefacio unas palabras que ya no figuran en él, las cuales, sin embargo, se las escribo a usted ahora porque pueden darle una clave: quería escribir que mi libro constaba de dos partes: la que está escrita y de todo lo que no he escrito. Y precisamente esa segunda parte es la más importante.”

En otra ocasión, mientras discutían si “Lógica Filosófica” era un título apropiado para su libro, afirmó:

“Aunque Tractatus-Logico-Philosophicus no es el ideal, posee algo del significado correcto, mientras que <<Lógica filosófica>> es erróneo. ¡De hecho, no sé lo que significa! La lógica filosófica es algo que no existe (A menos que uno crea que, ya que el resto del libro es absurdo, bien puede el título ser también absurdo)”

Otra cita (esta vez discutía sobre lo apropiado de publicar un apéndice con comentarios y/o correcciones al libro, y le escribía nuevamente a su editor):

“En lugar de imprimir las Aclaraciones para hacer más grueso el libro, deje una docena de hojas en blanco para que el lector escriba unos cuantos tacos cuando haya comprado el libro y no lo entienda”

Uno podría pensar que alguien que escribe este tipo de cosas sobre su propia obra debe ser un cínico. Sin embargo, no era el caso. Cuando Wittgenstein explicaba a su editor que la parte más importante del libro es precisamente aquella que no ha escrito, no estaba ironizando. Simplemente pretendía iluminarle sobre el hecho de que una lectura profunda del texto implica, por supuesto, entender sus “silencios” y que a veces es más importante (más significativo) lo que uno calla que lo que uno afirma. Quizás la frase más famoso del Tractatus sea la última: “Y de lo que no sabemos, mejor callar”.

Wittgenstein pasó por varios procesos que son difíciles de explicar en unas pocas líneas. Por ejemplo, se alistó como voluntario para participar en la primera guerra mundial (una parte importante del Tractatus la redactó siendo prisionero de guerra, en el norte de Italia). Luego, cuando terminó el conflicto, en vez de volver a la filosofía, se formó como maestro de escuela y estuvo trabajando en escuelas rurales. Incluso redactó y publicó un diccionario escolar (pues los diccionarios existentes le parecían caros, además de inapropiados), renunció a la herencia millonaria de su padre –y nunca dejó a sus hermanas que le ayudaran económicamente, incluso en momentos en los que realmente necesitaba ayuda-, fue empujado por sus amigos a la vida académica (que él odiaba), llegando incluso a ocupar una cátedra en Cambridge (que luego abandonó). Simultáneamente, aconsejaba de forma insistente a aquellos sobre los que tenía alguna influencia (muchos de ellos, personas extremadamente brillantes, con un gran futuro por delante) a que se alejaran de la vida académica y realizaran, si ello era posible, algún tipo de trabajo manual, etc.

En el texto de Monk queda claro que Wittgenstein tenía una personalidad difícil pero que, cuando entraba en contacto con cierto tipo de personas, tenía la capacidad de resultar arrolladora. No sólo hubo varias personas (de ambos géneros) que se enamoraron de él y que le dejaron tomar decisiones vitales, algunas de las cuales –vistas desde la perspectiva del tiempo y del observador ajeno, no involucrado emocionalmente en el asunto- resultaron destructivas.

No quiero ni puedo (por motivos de espacio y por no “chafar” la obra) entrar en muchos más detalles. Por ejemplo, no voy a detallar nada sobre las Investigaciones Filosóficas. Sólo diré que hubo un Wittgenstein anterior y uno posterior al Tractatus, y que en ambos casos el tema central de su obra ha sido siempre, de forma muy fundamental, el lenguaje (y en parte el papel del lenguaje en las matemáticas). Finalmente, me gustaría insistir en que esta biografía está magníficamente escrita, es muy instructiva y revela mucho más del personaje y de su obra de lo que quizás uno esperaría antes de comenzar la lectura. No me extraña que haya sido premiada. Yo también le doy mi más sincera enhorabuena al autor.

Autor:  José María Almira Picazo

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