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14 nov 2017

¿A QUÉ HUELE LA LLUVIA? A MICROORGANISMOS

Ese olor a lluvia que tanto nos gusta…

Estamos en otoño y, a pesar de que baja la temperatura y los días se tornan más cortos, esas coloraciones ocres tan bonitas que toman las hojas de los árboles caducos, así como el inicio de la temporada de lluvias, hacen que esta estación tenga mucho encanto y sirva de inspiración a poetas y cineastas.

Microorganismos y olor a tierra mojada

Los componentes del suelo y sus microorganismos confieren ese característico olor “a lluvia”

Precisamente, la lluvia es el fenómeno atmosférico más característico del otoño y su peculiar olor, tan fresco y agradable, es apreciado y reconocido universalmente. Pero, ¿no nos enseñaban en el colegio que el agua es incolora, insípida e inodora? Efectivamente, no es a lluvia a lo que huele, sino a la tierra mojada o, para ser más precisos, a los productos de los microorganismos que forman parte de ese hábitat.

La tierra -el suelo- se compone de minerales, materia orgánica en descomposición, plantas, animales y muchos miles de millones de microorganismos (en torno a 10^9 microorganismos/g suelo). Estos microbios tienen un papel fundamental en el mantenimiento de la estructura del suelo y en su fertilidad y, por si fuera poco, a ellos les debemos ese aroma tan cautivador y notable cuando llueve. En concreto, las encargadas de esta labor son las actinobacterias (o actinomicetos). Se trata de bacterias grampositivas, normalmente bacilos o filamentosas (como por ejemplo, Streptomyces coelicolor) y presentes habitualmente en suelos y material vegetal. A excepción de alguna especie patógenas (por ejemplo, Mycobacterium tuberculosis), la mayoría tienen un gran valor económico como productoras de antibióticos (de hecho, el suelo es el lugar de la naturaleza donde son aisladas más cepas de microorganismos productores de nuevos antibióticos) o de ciertos productos fermentados derivados de la leche.

MICROORGANISMOS EN PLACA DE PETRI

Placa de Petri donde se observa el típico crecimiento colonial filamentoso de cepas de Streptomyces aisladas del suelo y la producción de metabolitos pigmentados que les dan esa coloración tan llamativa

Microorganismos de morfología colonial

Visión particular de la morfología colonial de Streptomyces coelicolor, con la pigmentación azul atribuida a la producción de un metabolito especial antibiótico, la actinorodina.

Entre este segundo grupo de actinobacterias, las filamentosas y con potencial biotecnológico, se encuentran aquellas a las que se les atribuye la producción de una serie de metabolitos volátiles denominados geosminas, que son las sustancias encargadas del denominado “olor a tierra mojada”, al que nuestra nariz es extremadamente sensible: una persona puede detectar cuatro nanogramos de geosmina en un litro de aire.

Estas substancias, las geosminas, son compuestos sesquiterpenoides -compuestos de carbono, oxígeno e hidrógeno, con anillos insaturados-. Una típica geosima es el trans-1,10-dimetil-trans-9-decalol.

geosmina

Trans-1,10-dimetil-trans-9-decalol

En época de sequía, las actinobacterias forman esporas, que son estructuras de resistencia que les permiten sobrevivir durante largos periodos de tiempo en circunstancias desfavorables. Estas esporas son transportadas y propagadas por el aire junto a la geosmina que producen justo cuando las gotas de lluvia impactan en el suelo y, al salpicar, permiten a los microorganismos ascender y alcanzar otros lugares, incluidas nuestras fosas nasales que captan su aroma.

Aunque la mayor parte de la geosmina depende de la actividad de las actinobacterias. También hay cianobacterias, myxobacterias y determinados hongos filamentosos, que son capaces de producirla. Por ejemplo, el hongo Penicillium expansum (típico moho verdeazulado). Este hongo es responsable de producir el aroma a tierra típico en determinadas cosechas de vino, por lo que, en este caso, la presencia de geosmina tiene una connotación negativa, ya que su olor es bueno, pero parece que su sabor no lo es tanto.

Microorganismos: Penicillium expansum

Manzana contaminada por Penicillium expansum.

En definitiva, la lluvia que tantas emociones nos evoca, huele a geosmina, un producto de esos microorganismos maravillosos que nos hacen la vida más grata, no sólo ofreciéndonos ricos alimentos, sino, como en este caso, permitiéndonos disfrutar de un ambiente bien perfumado.

Autora: MACARENA DEL MAR JURADO RODRÍGUEZ

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