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3 sep 2018

Stephen Hawking, ¿un físico genial o un físico famoso?

Aquí, en F(t) se publicó, no hace mucho tiempo, una entrada resaltando la figura del padre George Lemaître, con ocasión de la muerte del célebre físico Stephen Hawking, poniendo de relieve el hecho de la fama del segundo en comparación con la supina ignorancia a propósito del primero, a pesar de ser los dos figuras de parecida importancia del mundo de la física del siglo XX.

En esta nota queremos poner de relieve la inflación del pretendido genio del enfermo de ELA producida por los medios, sin demasiado, no digamos ya adecuado, conocimiento del valor de Stephen Hawking.
Nos proponemos responder a la pregunta siguiente: Stephen Hawking ¿un científico genial o simplemente un científico famoso? Todo ello con un conocimiento del tema, no ciertamente profundo –seamos modestos y sinceros– pero sí algo superior al de los autores de los numerosísimos artículos que han contribuido a la citada inflación.
Para empezar, hay que reconocer el mérito indiscutible de las teorías físico-matemáticas del científico inglés. Su estudio profundo, inigualado, de los agujeros negros, sin excluir el descubrimiento de la llamada “radiación de Hawking”, su colaboración con Penrose en el estudio de la influencia de la gravitación en el colapso de la función de onda cuántica, y, sobre todo, el desarrollo del modelo cosmológico de Hartle and Hawking, lo eleva hasta el podio de las primeras figuras de la física del pasado siglo.
Pero la fama de Hawking no está basada en estos hechos, sin duda importantes. No hay mucha gente que pueda citar con conocimiento de causa a Hartle, perfecto desconocido del público, coautor del trabajo más importante de Hawking, y tampoco muchos –quizá algunos– saben quién es Sir Roger Penrose, autor principal de los estudios de ambos. No. La fama de Hawking viene sin duda de sus libros de divulgación, algunos dirán de filosofía de la ciencia. Todo el mundo ha oído hablar de “Una Historia del Tiempo”, de “Breve Historia del Tiempo”, de “El Gran Diseño”, etc.
Estos libros, los que le han dado fama a Hawking, son sí, libros de divulgación con pretensiones filosóficas, aunque él mismo habría denostado esa calificación, porque, afirmaba, “la filosofía ha muerto” (primer capítulo de “The Grand Design”, segundo párrafo, cito la edición inglesa de sus obras) ¿Se puede decir una cosa tan absurda cuando unas líneas más abajo explica cuál es “su filosofía”? Una afirmación de este tipo no puede venir sino de alguien perfectamente ignorante en cuestiones filosóficas; pero para afirmar algo semejante, no basta la ignorancia, es necesaria además la arrogancia de pretender saberlo todo, quizá porque, famoso por su ciencia y por su terrible enfermedad –que todo hay que decirlo– se creía capaz de disertar en cualquier campo, aún en los más alejados de aquellos en los que él era indiscutiblemente una autoridad.
Un ejemplo claro lo tenemos en el caso de “The Grand Design” en el que Hawking declara que su modelo matemático (el de Hartle y Hawking) ha dirimido negativamente y para siempre la polémica sobre la existencia de un dios creador.
Para entender el razonamiento erróneo de Hawking, es conveniente leer el libro de Francisco José Soler Gil “Lo Divino y lo Humano en el Universo de Stephen Hawking”. Pero antes, hay que plantar ciertas premisas:

En los estudios sobre el tiempo se suelen encontrar dos posiciones diferentes:

  • La primera (llamada presentismo) es de una comprensión simple: sólo existe lo que existe ahora (en el presente); lo que existió en el pasado quizá no exista más y lo mismo con el futuro, lo que existirá después quizá no exista todavía. Esta concepción del tiempo es la que se deduce de nuestras actividades en la vida diaria.
  • La otra opción (llamada tiempo-bloque) considera el tiempo global como un todo, desde el principio del universo (si tal principio tuvo lugar) hasta siempre; el tiempo es, de esta manera, analizado como las otras dimensiones, un bloque universal compacto, una dimensión más como las otras del espacio.

El modelo matemático de Hartle y Hawking parece indicar esta segunda opción, presentándonos un universo “cerrado”, es decir sin principio ni fin, como un bloque macizo. La deducción filosófica de Hawking (a pesar de que la filosofía ha muerto, según él) es tajante: un universo sin principio no pudo ser creado, no existe un dios creador.
Es evidente que esta conclusión no procede de la observación ni de nada parecido, sino de la solución (brillante, cierto) de una serie de ecuaciones que Hartle y Hawking se sacan de la manga, basándose solamente en analogías con las ecuaciones relativistas y las teorías cuánticas. Todo el mundo está de acuerdo en que, no sólo no hay forma de saber si las dichas ecuaciones son las que definen el universo, sino que no es posible obtener, a partir de la solución de dichas ecuaciones, una predicción que nos llevase a controlar si el modelo de Hartle y Hawking representa al universo real, como lo son las predicciones de la teoría del big bang (el fondo de radiación cósmica, por ejemplo). Esta es la crítica más frecuentemente aducida contra el universo de Hartle y Hawking.
Pero hay más, y ahora ya se trata de criticar la conclusión filosófica de Hawking. Y, también aquí, hay que empezar por poner sobre la mesa ciertas premisas:

Tradicionalmente, los argumentos para demostrar la existencia de un dios creador se basaban en la aplicación de un principio de causalidad necesaria. Si algo existe es por una causa, pero la causa misma pide otra causa, etc. De esta manera (se afirmaba) el universo exige una causa de su existencia, de ahí el dios creador.

La objeción principal a este argumento se encuentra en una discusión pública (radiada por la BBC en 1948) entre Bertrand Russell y el padre Copleston, famoso filósofo católico. Argüía (brillantemente como siempre) Bertrand Russell que no se puede aplicar al universo lo que se ha afirmado de cada uno de los objetos que lo componen. El universo –decía– no es un objeto cerrado, compacto. Así es que, del mismo modo que todo humano tiene una madre, pero no se puede decir que la humanidad como tal tenga una madre, del mismo modo, incluso si cada objeto en el universo tiene una causa, de ello no se puede deducir que el universo como tal tenga una causa.

La conclusión de Soler Gil es inmediata: en el modelo de Hartle y Hawking el universo sí que es un objeto cerrado y compacto, algo equiparable a un objeto común y por consiguiente la objeción de Russell cae, si el universo es como lo describen Hartle y Hawking, la existencia de un dios creador es fácil de demostrar (!).
Pero Soler Gil va más lejos. Del mismo modo que hace ver que en el universo de Hawking hay sitio para un dios, muestra que un universo de tiempo bloque, sin presentismo, no habría sitio para nosotros, que nos movemos en un tiempo de pasado, presente y futuro. De ahí el título de su libro: Lo Divino y lo Humano en el Universo de Stephen Hawking.

Conclusión. Es necesario afirmar que Stephen Hawking ha sido un físico y un matemático de indudable valor, que ha hecho avanzar notablemente la ciencia en el siglo pasado. Sin embargo, su valor como divulgador y filósofo es más que dudoso, su ignorancia en cuestiones filosóficas es notable a pesar de que se permite hacer afirmaciones importantes en este campo.

Autor: JULIO MORENO-DÁVILA. 

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