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LA CARA BUENA DEL PAPEL DE ALUMINIO

En otros artículos he mostrado mi malestar ante lo que entiendo que es una brecha entre la educación que se recibe en las aulas y lo que el mercado laboral exige de nosotros una vez las abandonamos.

Resultaría muy complicado, fuera del propio mundillo académico, encontrar un trabajo donde se nos premie por la mera cantidad datos de una materia que atesoramos. Muchos de ellos, la gran mayoría, los podríamos localizar al instante con unas simples búsquedas en nuestro navegador. Sin embargo resulta más complicado encontrar personas versadas en gestionar la forma en que usamos esa información, el análisis de datos, la aplicación del método científico, la realización de un procedimiento analítico para solventar un problema o el diseño de procesos sistemáticos que concluyan en la solución buscada. Se pone el punto de mira en la educación preuniversitaria donde deben edificarse los cimientos académicos de los futuros profesionales de los distintos ramos.

En los centros educativos se lucha denodadamente para conseguir que los estudiantes sepan entender un texto, extraer las ideas principales de un artículo o expresar adecuadamente sus pensamientos con los matices descriptivos y de detalle acordes a su edad. Se procura que tengan generosos conocimientos de su historia, su cultura, su identidad, que sepan expresarse en una segunda y tercera lengua y se potencian los valores que la sociedad considera más importantes para el ciudadano (igualdad, respeto, tolerancia, honestidad, empatía, hábitos saludables, emprendimiento…) y todo ello, independientemente de la materia de que se trate y del docente a quien se pregunte. No hay fisuras, todo el mundo rema en la misma dirección. Lamentablemente, otros temas igualmente importantes, no reciben idéntico tratamiento y respaldo a sabiendas de que afectan directamente a la vida diaria, tanto a título personal como a nivel de seres gregarios que somos.

Muchos docentes especialistas de materias científicas se ven en la necesidad de contrarrestar la carga mediática de mitos y bulos que trascienden las redes sociales afectando al comportamiento de jóvenes y adultos. Algunos de ellos llegan a encontrar acomodo incluso en el discurso de algunos docentes que los suscriben y defienden. Por algún motivo que no alcanzo a entender no se ha visto como una necesidad tener información de primera mano sobre asuntos como la importancia que tiene la vacunación para la seguridad individual y colectiva, el peligro sanitario y económico que pueden suponer los mal llamados medicamentos homeopáticos, el exhaustivo control sanitario al que se somete a los productos transgénicos antes de pasar a la cadena de consumo, el peligro potencial que suponen ciertas dietas depurativas, la falta de fundamento que esconden multitud de entrenamientos extremos de moda o las estrambóticas técnicas estéticas que se ofertan basadas en tecnologías sin fundamento. Estos temas, aunque resultan de interés para los estudiantes, no presentan el mismo grado de unidad, no hay una versión que todo el mundo comparta, que todo el mundo defienda, antes bien, dependiendo de a quién se pregunte se encontrarán diferentes respuestas y la veracidad de las mismas dependerá de la formación y conocimiento del interpelado. Esto resulta arriesgado porque ante dos respuestas divergentes el estudiante tenderá a creer, primero, a la que le ofrezca la solución más cómoda y en igualdad de condiciones, a la persona que más confianza le genere pero confianza no es equivalente de conocimiento.

Los docentes de todos los niveles  tenemos una responsabilidad enorme sobre la información que aportamos a los alumnos y debemos esforzarnos por facilitar fuentes fiables de información. No pasa nada por reconocer que no se conoce alguna respuesta y es mucho más honesto y ejemplarizante hacer un alto y buscar la respuesta correcta (y mucho mejor si hacemos partícipes a los propios estudiantes de la búsqueda). En los aspectos relacionados con la tecnología ocurre algo muy parecido. Cualquiera parece autorizado a opinar con resolución sobre los supuestos riesgos que suponen las tecnologías inalámbricas (ver aquí), la energía nuclear, el calentamiento global…, o la toxicidad de la cara mala del papel de aluminio pero las respuestas que pueden oírse resultan, en ocasiones, de lo más inquietante (y lo digo por experiencia personal). La cultura científica es cada vez más necesaria porque cada vez parece menos importante y su distribución debería incrementarse a mayor velocidad que la de propagación de supercherías y mentiras (interesadas o no) que podemos encontrar en cualquier rincón de la red, en cualquier conversación de cafetería…, o en algunas aulas.

La divulgación científica es una responsabilidad de todos aquellos que tenemos algo que decir, algo que enseñar a la siguiente generación y a aquellos contemporáneos dispuestos a dejar atrás prejuicios y datos arrojados por medios de comunicación sin rigor científico (muchos, desgraciadamente). Lamentablemente estamos en una coyuntura donde tiene más  sentido que nunca hablar de la lucha contra el analfabetismo tecnológico y el anumerismo.

El título del artículo surge de una cuestión planteada por un grupo de estudiantes de bachillerato en una charla cuando preguntaban, espoleados por una profesora, acerca de los supuestos riesgos de las sales de aluminio que contenían los desodorantes (en realidad, los antitraspirantes, pero todo iba al mismo saco). Algunos optaban por productos que contenían piedra de alumbre cuando en realidad, en contacto con la humedad que crea el sudor y en medio ácido, presenta un mecanismo de acción similar a aquél. Alguien comentó entonces

“Pero es que la piedra es algo natural, no como echar aluminio al desodorante” (antitranspirante, de nuevo).

La respuesta de otro participante en la mesa fue definitiva:

“Lo natural no es usar la piedra de alumbre, lo natural es sudar y la relación del sudor con las bacterias que pueblan nuestro cuerpo da como resultado un olor que puede ser desagradable”.

Un cosa llevó a otra y tirando del hilo del aluminio se manifestó otro bulo extendido acerca de que el papel de aluminio con el que se envuelve el bocadillo tenía una cara buena y otra que no debía usarse porque era tóxica (aunque otros apostillaron que sí se podía usar pero sólo en el horno ¿?). Esto dio pie para analizar la proliferación de tantas y tantas falsas realidades sobre temas tecnológicos y científicos que se daban por ciertas en los últimos años por el refrendo de las redes sociales (si lo dice un meme o un youtuber al que sigo …). La realidad suele ser menos complicada y, de hecho, esta cuestión concreta es algo que se explica en segundo curso de secundaria en la asignatura de tecnología. El papel de aluminio se fabrica haciendo pasar una lámina gruesa de este material una y otra vez por una serie de rodillos laminadores que reducen su espesor en cada pasada. En las últimas pasadas el espesor es tan reducido que se juntan dos láminas para ser presionadas juntas evitando su rotura. La cara que está en contacto con los rodillos laminadores tiene un color más brillante que la que está en contacto con la otra lámina pero ambas tienen idénticas propiedades.

Autor: JAVIER LUQUE 

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Fuente imagen de portada: Pixabay.

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