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Stephen Hawking

Un año sin Stephen Hawking

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El científico más famoso de la actualidad y, sin duda, el más leído. Su famoso libro de divulgación científica “HISTORIA DEL TIEMPO” se tradujo a todos los idiomas existentes y se vendió por millones en todo el mundo. Solo Einstein se le puede comparar en fama y popularidad.

Un año sin Stephen Hawking

La terrible enfermedad (ELA) que le diagnosticaron cuando iba a comenzar su tesis doctoral le otorgaba un par de años de vida, hasta el punto de que pensó no comenzar su tesis. Sin embargo ha logrado vivir hasta los 76 años. Un gran éxito de la medicina moderna y de su fuerza de voluntad. Murió en la noche del número PI, como han publicado algunos medios de prensa, el 3-14, el 14 de marzo. Más aún, nació el 8 de enero de 1942, exactamente 300 años después de la muerte de Galileo (el 8 de enero de 1642). Y más; murió en la misma fecha en que nació Einstein (el 14 de Marzo de 1879). Y es que entre los científicos también hay cierta magia.

Hizo la tesis con el que luego sería su gran amigo y colega Roger Penrose que acababa de deducir la existencia de las singularidades en el universo, a las que luego los “amigos”, para mofarse de su idea, les llamaron “agujeros negros” (black holes, que en inglés coloquial se puede traducir por “ojo del culo”). Hawking decidió finalmente hacer su tesis de la mano de Penrose y, desarrollando la Teoría de Relatividad General de Einstein, llegaron a la conclusión que el Universo debió partir de una singularidad inicial, de un agujero negro.

Es inevitable recordar que esta hipótesis de Hawking y Penrose sobre que la existencia de los agujeros negros podía deducirse de la Relatividad, añadía un punto más de credibilidad a la teoría del Big-Bang de LemaÎtre (1927). Y esto volvió a levantar el interés en el antiguo revuelo  eclesiástico que formó el jesuita, físico y matemático, Lemaître al hacer coincidir su hipótesis con lo que se decía en el Génesis respecto a cómo Dios hizo al universo.  Lo que puso a Hawking en el escenario del gran teatro de la ciencia y los dioses que ya inaugurara Galileo en sus tiempos.

Más tarde demostró que los agujeros negros “se debían evaporar”, esto es, que acabarían desapareciendo. A lo que se llamó después la Radiación Hawking. No obstante sus grandes aportaciones, su labor científica no ha llegado nunca a la envergadura de un Einstein ni un Newton, que le dieron la vuelta al conocimiento científico. Que originaron dos auténticas “revoluciones científicas” en el lenguaje de Thomas Kuhn. Ha ocupado hasta su muerte la Catedra Lucasian, de matemáticas, de la Universidad de Cambridge, la que ocupó Newton.

Me ha admirado siempre, aparte de su facilidad y maestría para hacer sencillo lo complejo y facilitar el conocimiento científico a todo el mundo, su valor para no ocultar su no creencia en los dioses. Nunca lo ocultó, más bien lo difundió. Einstein tampoco era creyente pero siempre que le preguntaban sobre ello respondía tan astuta y diplomáticamente que mucha gente llegó a creer lo contrario.

Mi experiencia personal con él, aparte de haber tenido su libro Historia del Tiempo en mi mesita de noche como la biblia durante meses releyendo y subrayando, tuvo lugar cuando vino a Granada en el 2001, invitado por el IAA (Instituto de Astrofísica de Andalucía). Dio una conferencia en la sala de la Caja Rural y yo conseguí un butaca entre las primeras filas (reconozco que por enchufe) y viví una experiencia que jamás podré olvidar. Tras las presentaciones, el escenario quedó vacío y apareció, por fin, Hawking en su famosa silla de ruedas. Largos aplausos y finalmente silencio y gran expectación. Expectación, expectación, expectación, perplejidad, asombro. Pasaban los minutos y Hawking no se movía, no hablaba, no ocurría nada, absolutamente nada. Quizá pasaron 10 minutos, un año, un siglo, no sabría decir, y no se movían ni las moscas. Empezamos a mirarnos unos a otros con asombro, comenzaron los murmullos: ¿está vivo? ¿No se habrá muerto? De repente uno de los jóvenes astrónomos granadinos que estaba en la primera fila saltó de su asiento, subió al escenario de otro salto, rodeó la silla de ruedas y agarró el cable que pendía de ella, lo fue levantando del suelo hasta que por fin halló el enigma: ¡¡SE HABÍA DESENCHUFADO!! Inmediatamente se encendió la pantalla y comenzó la conferencia como si nada hubiera ocurrido, eso sí, sin mover ni un dedo, ni una pestaña.

Conferencia de Stephen Hawking en Granada (año 2001)

Fue una charla sencilla, genial y llena de simpatía, como es su personalidad, hasta se había traído un chiste gráfico sobre el Granada Club de Fútbol y fotos en las que aparecía él en un episodio de “Star Trek” jugando a las cartas en una mesa con Newton y Einstein.  Y es que el chaval nunca fue un arquetipo de humildad.

Nos hizo un repaso de la situación del conocimiento científico actual absolutamente clarividente pero hubo algo que me impactó y tampoco olvidaré. Nos comunicó cómo el final de la Evolución Natural de las Especies había llegado. El dominio que sobre el genoma habíamos logrado hacía que pudiéramos cambiar no solo el trigo o los tomates, como ya se estaba haciendo, sino el futuro del resto de animales y plantas. La Naturaleza necesita cientos o miles de años para que una mutación se consolide, nosotros lo podemos hacer en unas horas de laboratorio y a nuestra conveniencia. Ahora los que vamos a hacer el mundo a nuestra imagen y semejanza somos nosotros.

Un hombre irrepetible, extraordinario, una de esas lumbreras que iluminan el camino de la humanidad. Sin ellos no avanzaríamos.

AUTOR: Manuel Reyes Camacho

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Stephen Hawking, ¿un físico genial o un físico famoso?

Aquí, en F(t) se publicó, no hace mucho tiempo, una entrada resaltando la figura del padre George Lemaître, con ocasión de la muerte del célebre físico Stephen Hawking, poniendo de relieve el hecho de la fama del segundo en comparación con la supina ignorancia a propósito del primero, a pesar de ser los dos figuras de parecida importancia del mundo de la física del siglo XX.

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