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28 nov 2015

TAXONOMÍA BIOLÓGICA: LA CLASIFICACIÓN CORRECTA

GENEALOGÍAS Y ÁRBOLES

A cualquiera que se inicie en la taxonomía biológica (la ciencia de la clasificación de los seres vivos) le chocará que los nombres científicos de muchas especies cambien de vez en cuando. Por ejemplo, ¿cuál es el binomio correcto para la sabrosa seta de chopo?

Agrocybe

TAXONOMÍA BIOLÓGICA: Seta de chopo

¿Agrocybe aegerita o Agrocybe cylindracea? ¿Por qué antiguamente se incluía en el género Pholiota, en vez de Agrocybe? ¿No se supone que los nombres científicos sirven para que todos, independientemente del idioma que hablemos, seamos capaces de saber a qué especie concreta nos referimos? Entonces, ¿por qué modificarlos?

La respuesta es sencilla. Conforme aumenta nuestro conocimiento de la naturaleza y de las relaciones entre seres vivos, nuestras clasificaciones han de adaptarse.

Los primeros sistemas de clasificación creados por nuestros antepasados fueron de tipo utilitario. Se basaban en el beneficio o perjuicio que las distintas especies causaban a nuestros intereses. Por ejemplo, si nos centramos en las plantas, en la Antigüedad lo más importante era saber si curaban,  mataban o se comían. Así, podemos dividirlas en: productoras de alimentos primarios (cereales, legumbres, frutas, frutos secos, hortalizas, verduras…), oleaginosas, medicinales, productoras de drogas, malas hierbas, ornamentales, etc.

Las clasificaciones utilitarias, al igual que las taxonomías populares, son prácticas (por eso seguimos usándolas), pero resultan subjetivas y antropocéntricas. No permiten comprender adecuadamente la biodiversidad ni las relaciones existentes entre especies. Un encantador ejemplo literario de clasificación utilitaria lo proporciona Borges en el Emporio celestial de conocimientos benévolos. Para sus seguidores podría tener lógica, pero no para el resto del mundo. Ésa es la pega de las clasificaciones utilitarias: la subjetividad.

Siguiendo con el ejemplo de las plantas, las primeras clasificaciones no utilitarias fueron las artificiales. Emplean unos pocos caracteres (o uno solo) elegidos arbitrariamente por los taxónomos (a ser posible, fáciles de observar). Un ejemplo clásico es el de Teofrasto (371-287 a.C.), que clasificó a las plantas en árboles, arbustos, subarbustos y hierbas.

El sistema artificial más conocido (aunque algunos lo consideran una transición hacia los sistemas naturales) es el de Linneo (1707-1778). Este insigne botánico sueco se basó en el tipo de flor y órganos sexuales (algo que en su tiempo fue motivo de escándalo). Por lo demás, Linneo es considerado el padre de la Taxonomía y el inventor del sistema binomial de nomenclatura de los seres vivos.

En cambio, las clasificaciones naturales buscan basarse en las «relaciones naturales» entre especies. Para ello, los taxónomos examinan un gran número de caracteres. Destacados científicos como Cuvier o Lamarck propusieron sistemas naturales de clasificación.

No obstante, al considerar las primeras clasificaciones naturales surgía una duda. En esa época se creía en el fijismo, es decir, que las especies habían sido creadas por Dios y permanecían inmutables. En tal caso, ¿qué eran exactamente las «relaciones naturales» entre especies?

Desde la publicación del Origen de las especies, de Charles Darwin (1859), los biólogos por fin tuvieron claro lo que relacionaba unas especies con otras: su historia evolutiva. Todos los seres vivos están emparentados entre sí, en mayor o menor grado. Por tanto, la clasificación ha de basarse en la Filogenia (la parte de la Biología que se ocupa de las relaciones de parentesco entre los distintos grupos de seres vivos). La Sistemática es el estudio de la clasificación de las especies con arreglo a su historia evolutiva o filogenia.

Podemos imaginar el mundo vivo como un inmenso y tupido árbol cuyas ramas se desarrollan en el espacio y el tiempo. Unas proliferan y dan nutrida descendencia, mientras que otras se secan y mueren. Las ramificaciones del árbol de la vida se denominan clados.

Precisemos. Un clado corresponde a un antepasado común más todos sus descendientes, sin excepciones. Éstos pueden ser pocos, y constituir una triste ramita, o bien abarcar a un tronco y todas las ramas, grandes y pequeñas, que salen de él. Un clado es, por tanto, un «grupo monofilético».

CLADO - grupo monofilético

En rojo aparece resaltado un clado o grupo monofilético: un antepasado común con todos sus descendientes

Sin entrar en detalles de la Cladística, los taxónomos actuales buscan que todos los grupos o taxones (especies, géneros, familias, etc.) sean monofiléticos. Los mamíferos somos un grupo monofilético (una clase, en este caso). Las plantas monocotiledóneas constituyen otro ejemplo.

En cambio, los taxónomos huyen como de la peste de los grupos polifiléticos. En éstos incluimos, a modo de cajón de sastre, a organismos que no están relacionados entre sí. Un claro ejemplo sería el de los animales voladores. Las alas han aparecido de forma independiente cuatro veces (que sepamos) en el árbol de la vida: en los insectos, los pterodáctilos, las aves y los murciélagos. Los animales alados no pertenecen todos al mismo clado que surge de un antepasado común, sino a varios. Otro ejemplo de grupo polifilético es el de las algas.

CLADO - polifilético

En rojo aparece resaltado un grupo polifilético

Asimismo, tenemos el problema de los grupos parafiléticos. Aunque todos sus miembros pertenecen al mismo clado, algunas ramas de éste se han dejado aparte. Es el caso, por ejemplo, de los dinosaurios. Las aves descienden de ellos (concretamente, de los manirraptores). Por tanto, un grupo formado por los dinosaurios, pero que no incluya a las aves, será parafilético.

CLADO - grupo parafilético

En rojo aparece resaltado un grupo parafilético

En suma, entre los nuevos avances científicos, más el intento de que géneros, familias, órdenes y otras categorías taxonómicas sean monofiléticas, más los taxónomos moleculares estableciendo parentescos comparando el ADN, hacen que cambie la situación de las especies en los sistemas de clasificación. Supone un fastidio, sin duda, pero es el precio que debemos pagar por el mejor conocimiento de la naturaleza.

AUTOR: Dr EDUARDO GALLEGO ARJONA. Profesor en UAL

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