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20 oct 2015

ULTIMAS TARDES CON TERESA, UNA EXPLOSION SARCASTICA

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De cómo Marsé se ríe del pseudoprogresismo de la gauche divine catalana

Últimas tardes con Teresa es una novela de desmitificación de los personajes principales en la que la ironía mordaz constituye el motor de la narración a todos los niveles. Son indudables las cualidades de Marsé para esta burla, para la sátira y el “pastiche” con los que afirma su superioridad enunciativa. La novela es un compendio de “gracerías” que se sustentan sobre la relación entre la rubia revolucionaria del Floride blanco, Teresa Serrat y el charnego del Carmelo, Manolo Reyes, alias el Pijoaparte.

ÚLTIMAS TARDES CON TERESA

ÚLTIMAS TARDES CON TERESA

El pastiche le confiere cierto aire lúdico y le quita gravedad al conflicto social entre Manolo y Teresa, al problema de la inmigración sureña y al falso compromiso social de los universitarios bohemios con la lucha obrera y se basa en la alternancia de la novela realista con elementos de la picaresca, la novela rosa, la novela social y la novela política y en la imitación satírica de un estilo barroquizante, elevado y grandilocuente para describir realidades vulgares o prosaicas, de manera que estas quedan aún más rebajadas y degradadas.

Esta estilización del prosaísmo  por medio de un registro elevado provoca el desajuste y la ruptura de las expectativas iniciales que el lector se forma sobre la relación de una supuesta pareja que pasea sobre una alfombra de confeti en la fiesta mayor de Gràcia. El contraste y el lenguaje coloquial (la Lola, el Sans), la jerga callejera (“-Sin faltar, doña, que mire que le parto la jeta”), los catalanismos (xarnego), las expresiones populares (“te haces el longuis”) o la fusión de registros lingüísticos degradan y rebajan la realidad y contribuyen al sarcasmo.

Tanto Teresa, la protagonista, como Luis Trías y los estudiantes “rojos”, sus compañeros de universidad, acaban comportándose como hijos de la alta burguesía catalana, porque lo que realmente quieren es desobedecer las normas y reglas de “papá”, contradecir las actitudes del mundo de sus padres, ricos burgueses catalanes, y para ello encuentran el tema estrella del momento: transformar el mundo en el que viven y defender los intereses de una clase ajena a la de ellos. Marsé realiza una crítica a la “gauche divine” de los años sesenta y a sus formas de vida, especialmente la de los estudiantes bohemios de la Universidad de Barcelona, que falsamente asumen la misión de llevar a cabo una revolución proletaria.

Para Marsé aquella generación subversiva de héroes tenía “un carácter lúbrico, turbio, sibilino y fundamentalmente secreto”, pues su lucha parece más bien el juego de unos niños aburridos, con ganas de emoción en sus vidas aburridas y hastiadas, que ante “el maravilloso devenir histórico” no pierden la oportunidad de jugar a la organización secreta que se ocupa de misiones especiales, que prepara manifestaciones de protesta, conspira en reuniones secretas y lee libros prohibidos.

Pero su afán de adquirir protagonismo dado el momento histórico que se les presentaba responde a la incubación de un mito, de una “aventis”. Tanto es así, que a muchos les ha molestado esa disección de la burguesía catalana que hace Marsé, porque se han sentido identificados con personajes como Luis Trías en el caso de Luis Goytisolo, miembro del jurado que concedió el Premio Biblioteca Breve a Juan Marsé.

La estudiante progresista con prestigio de casta anunciado por su fino cuello de corza y en la expresión de su boca, sus labios rosados, secos y ligeramente hinchados, también tenía importantes misiones clandestinas, porque ella acudía “a cierto piso de la calle Fontanella, cuya dueña parece que era una exclaustrada cordial y culta, y allí se ponían los pantalones, encendían pitillos, se tumbaban en el suelo sobre almohadones y aceleraban su íntimo latido hablando de las nuevas ideas con una vehemencia parecida a la de las prostitutas ante la próxima llegada de la VI Flota”.

Pese al cambio generacional de la vieja burguesía financiera más conservadora y la nueva burguesía, cuyo credo es el progreso a todos los niveles y la democracia, el abismo entre la rica burguesía de San Gervasio y los grupos proletarios marginados en el monte Carmelo es el motivo de crítica de esta novela realista.

No está exenta de ironía la descripción del autor sobre el líder de este grupo de “escogidos”, Luis Trías de Giralt. Este es su perfil: Alto, silencioso, la cabeza un poco ladeada, mareada en su propio perfume de rosa, al verle en los pasillos y en las aulas se asemeja también a un semáforo viviente regulando la circulación de ideas y proyectos subversivos. Pero las masas se preguntan: ¿está realmente conectado? El semáforo parpadea, insondable, cuando Teresa le mira”. Así, Marsé expresó que “con el tiempo, unos quedarían como farsantes y otros como víctimas, la mayoría como imbéciles o como niños, alguno como sensato, ninguno como inteligente, todos como lo que eran: señoritos de mierda”, porque de sus ensueños ideológicos de señoritos de izquierda quedaría la falsedad de su solidaridad y proximidad al proletariado. Quedan ridiculizados los revolucionarios “crucificados entre la fábrica de papá y el marxismo” que conspiraban en bares elegantes de Barcelona, porque Marsé muestra su impostura y sus abstracciones teóricas de igualitarismo y la esterilidad de su adhesión a un movimiento clandestino subversivo.

La desmitificación no solo se aplica al progresismo estudiantil y al romanticismo revolucionario, sino también a la democratización del ascenso social y, por tanto, de las esperanzas de mejoría económica y social del proletariado, que también son producto del sarcasmo de Marsé.

El Pijoaparte también se desengaña tras salir de la cárcel y se da cuenta de que su deseado afán de enriquecerse, casarse con Teresa y obtener la aceptación y el reconocimiento de una autoridad como el padre de Teresa ha fracasado y que nunca fue factible. La escena en que Luis Trías le cuenta que Teresa reaccionó riéndose al saber que fue detenido por la policía parece devolver al Pijoaparte a la Barcelona de los sometidos y de los personajes marginales, de los vencidos en la Guerra Civil, a una realidad en la que se respiraba una atmósfera de derrota, miseria y carencia de futuro y en la que los hijos del Carmelo seguirían padeciendo la miseria y la desesperanza, mientras los poseedores de la riqueza, los hijos acomodados de los dueños de los recursos pecuniarios representaban ideales “mesiánicos” emancipadores o democráticos y “se jugaban la vida” convirtiéndose en los defensores de los “avasallados”.

Desde luego, parece una etiqueta que no encaja con sus orígenes ni con su comportamientos, pues este “grupo nacional de los escogidos” está lejos de encarnar los valores de la revolución, de la verdadera subversión, al igual que Manolo está lejos de ser el hijo del proletariado que lucha clandestinamente por el cambio social. Lo que parece ocurrir en la sociedad barcelonesa es un intercambio de la conciencia de clase: la burguesía acomodada asume, como si de un juego se tratara, los ideales de un grupo desclasado y pretende luchar por los derechos del proletariado, mientras este, está más preocupado en intentar sobrevivir que en conspirar en las esquinas de las universidad o en los bares del barrio chino. Los verdaderos implicados, los obreros, se debatían entre la lucha de clases y en su integración a un sistema que tantas comodidades y placeres les ofrecía, porque estaban más pendientes de mejor su nivel de vida a nivel material.

La inmensa diferencia entre una clase social preocupada por vivir y otra pendiente de fantasías ideológicas es la diana del sarcasmo del autor, que parodia de los comportamientos revolucionarios, el elitismo cultural de este grupo bohemio o los sus esnobismos. Bajo el sarcasmo también subyace la crítica a los estudiantes universitarios en relación con la conducta sexual de Luis, que refleja su mitificación al ser encarcelado y posterior desengaño. Es como si el comportamiento sexual de Luis Trías fuera un símbolo de este grupo de héroes revolucionarios, pues todo es una fachada, una farsa.

Así, Teresa cree que el embustero Pijoaparte es el héroe del proletariado con contactos importantes y que se dedica a las conspiraciones, pues prefiere la realidad que ella se ha formado sobre el joven murciano, sus fabulaciones ideológicas de burguesa, a aceptar la realidad cuando Maruja le dice que no le ayuda en las supuestas conspiraciones. La escena es la siguiente:

“— ¡¿Yo?! ¡Dios me libre…! Si es un loco, un desagradecido, que sólo se acuerda de mí para…! ¡Si me tiene harta, harta, harta!

—Bueno, cálmate –dijo Teresa con aire pensativo–. Y no hables así. Hay cosas que tú no puedes entender, Mari”.

Ni el Pijoaparte se salva del sarcasmo de Marsé, aunque pueda parecer que el autor muestra compasión por él y su destino. El autor le critica la impostura, ese deseado ascenso social que implica renegar de sus orígenes, traicionarlos y maquillar sus “señas de identidad”, cruzar la frontera de clase que separa a la burguesía industrial catalana y al proletariado de la “montaña pelada” hacinado en barracas y chabolas. Este personaje arribista miente, engaña, actúa para conseguir escalar de posición social y para ello, utiliza a Teresa.

No se conforma con una vida como la de su amigo Bernardo Sans, no acepta una chica como la Rosa u Hortensia y engaña a Teresa haciéndole creer que lleva a cabo misiones clandestinas para la lucha obrera en su ilusión de lograr un mejor estatus social. Para el autor, la aceptación del Pijoaparte por parte de la clase social dominante es no factible.

Finalmente acaba en la cárcel tras ser detenido con una Ducati robada circulando a gran velocidad hacia Blanes. El tratamiento de un personaje clásico, de estirpe stendhaliana (el personaje de Manolo remite a Julián Sorel de Le Rouge et le Noir porque ambos mezclan realidad y ensueño y utilizan a la mujer para ascender socialmente y los destinos de ambos acaban en desgracia por los celos de otra mujer), un joven trepador, el patético y atractivo Manolo, el Pijoaparte al que el destino le cercenará esos anhelos, esas promesas de mejora que atoran en una situación precaria al dandy Pijoaparte.

El dandy provocador, al igual que el Silvestre Paradox de Valle-Inclán o el golfo de La lucha por la vida de Baroja, es un personaje de estirpe picaresca, un tramposo con ingenio que procede del extrabarrio, del sector social marginal relegado a las afueras de Barcelona y expulsado del orden social, es la evolución del golfo, de un personaje soñador, de extracción romántica por su origen marginal y por atraerse el rechazo social, se convierte en impostor desde que se cuela en una fiesta de ricos hasta que Teresa descubre la verdad sobre él tras ser encarcelado. Al Pijoaparte le escribe Gil de Biedma, amigo de Marsé, un poema en el que lo describe así: “Camisa rosa. Tejanos/ Actitud provocadora./ Y en una sonrisa, que es/ demasiado encantadora./ Murciano. / Olor a gato montés”.

El contraste entre Maruja, “la raspa” y Teresa por su clase social también es gigantesco. En este caso el sarcasmo está en el comportamiento de la niña bien respecto a su amiga y sirvienta. Teresa llega incluso a envidiar la relación sentimental que Maruja tiene con Manolo, porque ella no ha tenido las experiencias de Maruja y deseaba “desembarazarse de su virginidad” tras la fracasada experiencia que tuvo con Luis Trías. Se sabe que Teresa envidiaba y admiraba las relaciones íntimas, los amores furtivos entre una criada y un obrero.

Mientras una joven universitaria hija de “papá”, la otra es la criada de los Serrat, una Cenicienta frustrada, sin futuro que, pese a no disfrutar de la libertad y los placeres de la clase de Teresa, le tiene mucho cariño y respeto a su señorita. Una vive de fantasías y ensoñaciones y la otra consciente de las penurias de la clase social en que le ha tocado nacer. En la relación entre ambas se muestra el pseudoprogresismo de Teresa, pues hija de Oriol Serrat se preocupa por la lucha obrera, pero apenas conversa con su amiga de la infancia sobre estos asuntos y la trata con evidente superioridad intelectual, pues cree que la pobre chica tiene una idea muy vaga de de la naturaleza social de los problemas obreros.

Es más, el accidente que sufre Maruja con las regaladas sandalias “pasadas de moda” de su señorita se debe a la invitación de Teresa y Luis al embarcadero para que actuara de intermediario o de tercera persona, no  porque la criada estuviera aburrida en la villa. Es esta fatídica caída en el muelle de Maruja supone el inicio de las relaciones entre Manolo y Teresa. En este triángulo amoroso también está Hortensia, “la Jeringa”, que realmente ama a Manolo, pero lo denuncia a la policía en un ataque de celos al descubrir la carta de Teresa para este.

La oposición entre Luis Trías de Giralt y el donjuán Manolo Reyes, al igual que entre Teresa y Maruja, es aparentemente clara. Uno se cree el líder del grupo clandestino que promueve manifestaciones y defiende la lucha de clases, el otro tiene carisma, no entre los estudiantes, sino entre los niños y gente del Carmelo. Para Teresa, el guapo charnego con contactos por abajo es más hombre que el héroe universitario. Teresa parece ser el objetivo de ambos, por ello, hay una rivalidad clara entre el inmigrante sureño y el niño burgués politizado.

Manolo, a diferencia de su compañero de oficio Bernardo Sans, no sienta cabeza como su amigo que quiere tener una vida tranquila y honesta de trabajo duro y formar una familia, aunque finalmente acaba hundido en la pobreza y el alcoholismo. El Pijoaparte continúa con el riesgo que supone robar motos, es inconformista, audaz y ambicioso, no tiene escrúpulos y está dispuesto a todo para conseguir su objetivo. A diferencia de Java, no llega a la prostitución, mantiene su dignidad física, pero no la moral. Tiene un final igual de trágico que su amigo, pasa dos años en la cárcel y sale con las esperanzas de conquistar a la burguesita rubia platino rotas.

El choque entre estratos sociales en la relación amorosa entre dos personajes de distinta condición, una muchacha burguesa de origen catalán, una niña bien, idealista, una rebelde estudiante universitaria pseudoprogresista, Teresa Serrat, y un joven barriobajero, un trepa charnego de origen murciano, es el motivo que sustenta la historia principal y el mayor objeto de la burla de Marsé.

La diferencia entre el ladrón de motos que vive de la delincuencia para salir de la miseria, que no tiene conciencia de clase, que quiere entrar en el mundo burgués y escalar socialmente, el dandy que soñaba a ser héroe y Teresa se observa también en sus ansias vitales: por un lado, enriquecerse, ascender socialmente, codearse con la burguesía y por el otro lado, relacionarse con el proletariado, luchar por la igualdad social y en los anhelos marcados por las carencias, hipocresías y caprichos de los distintos estratos sociales.

Las diferencias culturales, entre la niña snob que lee a Simone de Beauvoir y el inmigrante iletrado sin posibilidades de escapar a su destino en la sociedad barcelonesa o el contraste de ideales entre la estudiante  rebelde de izquierdas preocupada por los movimientos sociales y defensora de las ideas de Castellet  y el marginado, pero audaz  xarnego que quería ser alguien en aquella sociedad injusta utilizando a Teresa para dar el salto desde el proletariado a la alta burguesía y romper las barreras sociales. La mentalidad quijotesca de Manolo es otro motivo sarcástico, ya que no entiende cómo funcionan los matrimonios de la alta burguesía y vive ilusionado con contraer matrimonio con Teresa y tener un “rubito pijoapartesco de ojos azules”, en definitiva, las fantasías, que son, además, la base de esta memoria de “neorromanticismo” urbano.

También difieren sus respectivos anhelos o ensueños de Manolo, “sueños fundamentalmente infantiles, donde el heroísmo y una secreta melancolía triunfaban de lo demás”. Ser un héroe para una niña rica y hermosa, salvarla de un peligro y ser reconocido por su hazaña por una figura autoritaria, “ser el Manolo- niño pasmado en el bosque ante la hija de los Moreau”, “ser el que rescata a la rubia de ojos celestes, “desmayada al pie del lecho, con un reluciente pijama de seda que habrá de quitarle en seguida porque el fuego ya ha hecho presa en él” y luego la lleva en brazos hasta sus padres es el sueño constante de Manolo. Por otro lado, los deseos de Teresa, que al igual que madame Bovary vive una novela romántica sobre el supuesto héroe del proletariado, Manolo el Pijoaparte, también es un elemento irónico.

Un idilio, en definitiva, construido a partir de fantasías, pues los protagonistas se han enamorado de sus respectivas auras falsas y por consiguiente, el carácter quijotesco de los dos protagonistas, su ceguera o porque, a sabiendas de estar dirigiéndose hacia su propio desastre, como los personajes de la tragedia clásica, siguen avanzando.

El amor mismo entre Teresa y Manolo es puesto en duda, queda en la ambigüedad, ya que siempre están presentes las intenciones de ambos, Manolo nunca deja de soñar con el paraíso de los ricos, ni siquiera cuando emprende el viaje en su busca a Blanes y sueña con ella y Teresa lo utiliza para demostrarles a sus amigos burgueses que tiene un compañero obrero y que realmente se mueve en el ambiente conspirador de la gente pobre y que él, a diferencia de Luis Trías puede despojarla de su virginidad.

Se puede afirmar que entre ellos nunca ha existido amor, sino atracción por el activista político comprometido con la lucha obrera y por la niña rica que a través del matrimonio le ayudaría a salir de la miseria. Ni siquiera se puede hablar de un amor de verano, pues según la cita que se incluye de Neruda, era “un verano de tigres,/ al acecho de un metro de piel fría,/ al acecho de un ramo de inaccesible cutis”

Aunque el Pijoaparte acechó un buen cutis, su golpe de suerte no tuvo éxito y a su salida de la cárcel, Luis Trías le cuenta la reacción de Teresa al saber la noticia de su detención: <<“¿Quieres saber lo que hizo Teresa cuando lo supo?” “Bueno”. Luis Trías le puso una mano en el hombro. “Se echó a reír, Manolo. Como lo oyes. Creo que todavía se está riendo.”>>.  Con este episodio se produce el desmorone de las expectativas de Manolo y la quiebra de cualquier esperanza puesta en integrarse en la clase social dominante. Era otro anhelo que fracasaba, como el resto de su colección de cromos, como la esperanza que tenía puesta en los señores Moreau para salir de la miseria de la infancia, todo producto de su imaginación y sueños. Además, la unión de los protagonistas es el resultado del azar, de la trágica caída de Maruja. Los encuentros entre Teresa y Manolo mientras Maruja yace en coma también es una muestra de ironía.

El contraste también se da entre los barrios de la ciudad, el Carmelo, zona de pobres, el mundo suburbial de las clases marginales barcelonesas y emigrantes; “la barriada de despojos humanos: ladrones, prostitutas, chulos, ganapanes un poco al margen de la ley” y el Guinardó, zona de la gente acomodada, el mundo burgués, rico y exclusivo;  dos mundos enfrentados: el de Manolo y el de Teresa y dos razas: la chica catalana y el joven gitano” divididos por un abismo.

El aspecto ambiental, la Barcelona de la década de los 50, está lo suficientemente bien dispuesto como para asociar a cada personaje con un distrito de la urbe catalana. Se plasma una  mirada realista, y también sardónica, del aspecto social de la emigración hacinada en los barrios marginales de la ciudad condal, con caracteres que buscan más el materialismo liberador que el idealismo tramoyista de los que ya poseen el bienestar económico. El paso de una zona a otra es como el paso de un estamento a otro: prohibido, difícil, casi imposible y  también  como el movimiento de una clase social a otra, de un mundo a otro, y los personajes son conscientes de esta frontera: “Para la señora Serrat, el Monte Carmelo era algo así como el Congo, un país remoto e infrahumano, con sus leyes propias, distintas. Otro mundo”. Son, en resumen, dos espacios geografía y culturalmente antagónicos.

BIBLIOGRAFÍA

Rodríguez Fischer, Ana: Ronda Marsé, Candaya Ensayo

 

Autora: ALEXANDRA DINU

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